•Continúa desde Las vacaciones de Andrei - 6
•Comienza en Las vacaciones de Andrei - 1—Harry, ¿no entiendes que no podemos usar explosivos? Aunque sean de muy poca potencia, existe un riesgo muy alto de que todo se desplome y lo aplaste.
—¿Y qué?, también existe un riesgo muy alto de que muera ahí abajo en unas horas. Si no está muerto ya.
—¿No lo entiendes? Esa persona ha llegado ahí de alguna forma, tenemos que averiguar cómo ha llegado. Y si no lo averiguamos, la única forma de llegar hasta él es cavar un túnel horizontal con una perforadora.
—¿Una perforadora?, ¿estás loco, sabes cuánto le puede costar eso a Washington? Nunca lo aprobarán. Mira, Nick, ese tío tiene pinta de ser un inmigrante raro. No es de aquí. Yo creo que lo mejor es tapar el agujero y dejarlo ahí. Point Dumé es un símbolo de Malibú, no podemos estropearlo por culpa de un idiota.
—No permitiré que hagas eso. Sabes que la cúpula quiere al sujeto en Washington cuanto antes, tiene prioridad urgente.
—Las estupideces se pagan, Nick. ¡Que se joda ahí abajo!
—Pero Harry: ¿y si no fuese un inmigrante raro, sino un actor de fuera que ha venido a rodar algo?, ¿sabes la que te puede caer encima si lo entierras?, esto ya no lo podemos mantener en secreto. Estamos en
LA, no en Washington. Nosotros no sabemos quién es, sólo el jefe lo sabe. Y él lo quiere vivo.
—No creo que le den tanta importancia. Y la prensa está ocupada con el Comeojos.
—¿De qué Comeojos me hablas?, ¿Vincent Fagerholm?
—Sí, el tipo que tuvimos en Nevada.
—¿Y no podemos hacer nada para quitarlo de en medio?
—No, no. El Pentágono está bastante satisfecho con su labor.
—El acuerdo de los tomates maduros... —Nick encendió un cigarrillo.
—Yo quería acabar con esto rápidamente, Nick —Harry extrajo un chicle de su envoltorio y se lo echó a la boca—. Pero si te empeñas y los de
LA ponen la perforadora. Perforaremos.
—Estos capullos harán lo que les digamos. Somos la CIA, tío.
—Pues llama tú a la alcaldesa, no soporto a esa negra.
—Está bien.
Ya iba a amanecer cuando China y Tony aparcaron sus coches frente a
El Angelito, el local de moda entre los surferos de Malibú. Un blues luminoso y lento, muy lento, inundaba, junto con unas luces azules desenfocadas, el ambiente sombrío del local. No había nadie sentado en los sofás azules ni en la barra. Y sólo una camarera recogía las copas que habían quedado atrás. Los dos policías se acercaron a la barra y se sentaron. La chica que recogía las copas se acercó a ellos, dejó las copas en algún lugar bajo la barra y se dirigió a los dos hombres mientras se secaba las manos con un paño de cocina.
—Hola, buenas noches. ¿Qué desean?
—Buenos días. ¿Está abierto, no? —contestó Tony.
—Sí, claro.
El Angelito siempre está abierto.
—Dos jarras de cerveza.
—¿No estarán de servicio? —dijo sonriendo la joven.
—No, claro que no —respondió China con seriedad.
—Pero, aunque estuviésemos de servicio —intervino Tony—, ¿nada pasaría porque nos tomásemos unas cervecitas, verdad?
—Claro que no —volvió a sonreír la chica mientras servía las cervezas.
—¿Sabes, nena? —dijo Tony—, venimos de una redada en Chinatown —China se llevó la mano a la cara para ocultar su embarazo— y necesitamos recuperarnos.
—Una noche dura...
—Sí, se han cargado a dos compañeros. Entre ellos a Bill, ¿sabes quién era Bill?
—No, la verdad.
—¡Bill era el más grande de todos nosotros! ¡Un tipo con unos huevos así...!
—Qué pena...
—Un jodido chino de esos lo ha descuartizado con una Mini Gun. Una M134, ¿sabes lo que hace una cosas de esas? Esas mierdas disparan seis mil pepinos por minuto. Los AH-1G "Cobra" montaban mierdas de esas en 'Nam. Y los A/C 47 y 119 también, ¿verdad, China? —Tony le dio un codazo—. Nuestros padres y abuelos salvaron al mundo en Vietnam con esas cosas y ahora han venido esos cabrones y nos han invadido con nuestras propias armas.
—¿Se llama usted China o es que le llaman así? —pregunto ella con su eterna sonrisa.
—¿Y a usted qué coño le importa? —respondió China.
—¡Pero China!, trata con más respeto a la señorita. Mira que fresquita esta la cerveza que nos ha puesto.
—No le haga caso —dijo Tony a la camarera—. Casi lo matan esta noche. Primero ha sido uno de esos karatekas, ¿sabe?, esos pringados que pueblan esos mercados de Dios y se creen que dando grititos pueden cargarse a un policía de Los Ángeles. Y, después, se ha visto atrapado entre un par de gilipollas con UZIs, pero yo estaba allí para cubrirle la espalda. ¿Sabes, nena? Ellos no conocen el tamaño de nuestros huevos. Todo lo que hay en esta ciudad se lo debemos a los policías de
LA que, como mi colega y yo, velamos día y noche por la seguridad de los ciudadanos. ¡Nada de esto existiría si no fuera por nosotros!, ¡te enteras, nena! —ella ya empezaba a mostrarse extrañada—. ¡Y por eso, porque nosotros somos los putos salvadores del bien y del maaal, necesitamos el amor de nuestras mujeres! Las mujeres de Los Ángeles. ¡Las mujeres de Los Ángeles tienen que ser todas nuestras! ¿Entiende? ¡Para poder seguir con nuestra misión y concluirla con éxito, erradicando toda la mierda de esta puta defecación de Dios!
Justo en ese momento, una mujer joven entró por la puerta. Los dos policías se dieron la vuelta y miraron hacia ella. Se acercó hasta la barra mientras se desabrochaba la cazadora.
—Un gin-tonic, por favor.
—Sí, ahora mismo.
La mujer siguió caminando hasta uno de los sofás azules que había en una esquina. Dejó el casco sobre la mesita, la cazadora sobre el respaldo del sofá y esperó sentada a que la camarera le llevase su gin-tonic. China agarró a Tony por el brazo.
—Tranquilízate, Tony. Déjalas en paz o llamarán a la poli.
—¡Nosotros somos la poli!
—Está bien, pero tranquilízate.
—Tío, ahora tenemos una para cada uno. ¿Cuál prefieres tú? Yo me quedo con la camarera.
—Déjame en paz, Tony. ¿No puedes comportarte como un humano normal?
—Eso hago, el que no eres normal eres tú. Venga, anímate que hoy vamos a follar.
—¿Pero de qué hablas?
—¿No las ves?, ya deben estar húmedas.
—¡Cállate de una puta vez! —las dos mujeres miraron hacia los dos hombres.
—¡Escúchame, China! —Tony agarró a China por el cuello de la camisa—. ¡No podemos ir por ahí arriesgando nuestras vidas para después tener que arrastrarnos por una mujer! A partir de ahora, las tomaremos y las follaremos sin preguntar antes.
China se separó de un empujón de Tony.
—¡Déjame, jodido loco!, ¡de qué coño estás hablando, a ti nunca te ha disparado nadie, no te arriesgarías ni por tu madre!
—¡Tienes que olvidarla! —gritó Tony—, yo ya he olvidado a la puta de Cynthia. ¡Tienes que olvidar a tu mujer!, ¡era una zorra!
China le dio un puñetazo en el ojo que lo tumbó en el suelo. Las dos mujeres seguían mirando: «¡No vuelvas a llamar zorra a mi ex mujer —gritó China señalando a Tony, que todavía estaba en el suelo boca arriba—, yo todavía la quiero! ¡La quiero, sabes!»
Tony sacó su pistola y apuntó a China mientras se ponía de pie apoyando la mano libre en el suelo.
—Tony, baja esa pistola. No sabes lo que estás haciendo. Te echarán del cuerpo por esto...
—Dame tu arma, cabrón. ¡Dame tu puta arma! No te preocupes por mí, yo puedo salvar esta ciudad sin la ayuda de nadie.
China le entregó lentamente su viejo revólver a Tony y este le golpeó en la cabeza con la culata del mismo. China Monaghan calló al suelo inconsciente y Tony le dio varias patadas en el costado. Después, apuntó a las dos mujeres con las dos pistolas. Ellas se apretaron una contra la otra y dieron dos pasos hacia atrás. Él se acercó a la puerta y la cerró de una patada.
—¡Ahora, vamos a jugar!
Se bajó la cremallera del pantalón con dificultad, sin soltar la pistola que tenía en esa mano, con la otra siguió apuntándolas. Se sacó la tranca y les hizo un gesto con las pistolas para que se acercaran.
—Venid, no tengáis miedo. Ella no os va a hacer daño, sólo quiere un poco de amor.
La camarera, rápidamente, cogió el casco de moto de encima de la mesa y se lo lanzó a Tony a la cara. Tony disparó a lo loco: reventó vidrios, perforó tapicerías, agujereó paredes. La camarera dio un salto y se ocultó detrás de una columna. Y, arrastrándose, consiguió llegar hasta detrás de la barra y ocultarse allí. Tony se llevó la mano a la ceja, tenía una brecha que sangraba abundantemente. Los chorros de sangre le recorrían la cara como si fuesen riachuelos.
—¡Arghhhhh, jodida puta!, ¡dónde coño estás! —subió a la barra de un salto con su miembro todavía colgando por fuera del pantalón—, ¡sal de ahí, zorra, que te voy a enseñar lo que es amor!
Alice, que tampoco había resultado herida, se había acercado hasta la puerta lentamente, tratando de no llamar la atención del perturbado agente Irvin, que buscaba desesperadamente a la camarera. Estaba a unos cinco metros de la salida, esperando detrás de una columna el momento oportuno para correr y huir, cuando vio cómo la camarera se levantaba por la espalda del agente con un rifle entre las manos. Pero el agente se dio la vuelta a tiempo de acribillar a balazos el pecho de la joven. Las balas agitaron la camisa blanca de la chica, la elevaron por los aires durante un instante, como si quisieran arrancársela. Los botones de la camisa se clavaron en su interior, su cuerpo tragó tela blanca. La joven camarera se derrumbó y la camisa, enrojecida y rasgada ahora, dejó de moverse y volvió a pegarse a su cuerpo.
Tony se dio la vuelta y miró a Alice. «¡Nooooo! —gritó esta llorando y llevándose las manos a la boca—, ¡por favor!,¡no!».
Disparó tres veces al techo. Trozos de hormigón cayeron al suelo, levantando polvo y manchando sus zapatos y sus pantalones. Caminó hacia ella y de un manotazo la tumbó en el suelo. Se puso encima y empezó a besarla salvajemente, restregando toda la sangre de su rostro por el cuerpo de ella. La agarró del pelo y tiró de su cabeza hasta colocarla contra su pene: «¡Chupa! —le gritó—». Alice no lo hizo y él la agarró por la mandíbula. «¡Abre la boca!». Le metió el cañón de la pistola en la boca. «Te voy a matar, zorra. ¡Qué te costaba!, ¡no tenías que hacer nada que no estés acostumbrada a hacer, jodida puta!, es una pena, con esa carita que tienes...»
En ese instante, un cuchillo de cocina atravesó a Tony, que estaba de rodillas. Los dedos con los que sujetaba la pistola se estiraron y el arma cayó sobre el regazo de Alice. Su espalda se dobló hacia atrás hasta casi partirse en un impulso irresistible e irremediable. No pudo gritar de dolor, apenas pudo abrir la boca. China arrancó el cuchillo del cuerpo de su compañero y este expulsó litros de sangre por la boca y la nariz. Cayó hacia un lado pero, en un último esfuerzo antes de morir, apuntó con el revólver que tenía en la otra mano y disparó dos veces a China, que salió despedido hacia la barra. Y, en su veloz e inármonico caminar hacia atrás, perdió el equilibrio y se desplomó, llevándose consigo un par de taburetes.
El blues luminoso y lento, muy lento, volvió a escucharse sobre el silencio en
El Angelito. Alice apartó la pistola de sus muslos, se movió y, avanzando a gatas, se acercó hasta China. Sostuvo entre sus brazos el tronco de aquel hombre, dio cobijo a su cabeza en su pecho y vio el pulso vivo en su cuello.
—¿Estás bien? —preguntó ella entre lágrimas a aquel hombre del que nada sabía—, me has salvado la vida.
—Creo que no es grave, pero será mejor que llames a una ambulancia. Utiliza la radio de mi coche.
Ella se levantó y apoyó con cuidado el cuerpo inmóvil de China en el suelo frío. Salió por la puerta y dijo: «Ahora vuelvo».
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