Alejado

Todo recto por Main Street

Deambulaba por las calles del centro histórico de Los Ángeles sin saber adónde ir. Había llegado a aquel lugar caluroso de una forma inexplicable y no sabía cómo salir de él. Me quedaban unos pocos centavos. Decidí entrar en un pequeño bar al otro lado de una calle llamada Spring para descansar un poco los pies y tratar de reconducir la situación. Pero el calor era aún mayor allí dentro que fuera, en la calle. Aun así, me senté a una de las mesas pegadas a la pared y pedí un cortado. Esperé por el café con la cabeza apoyada en las manos, desesperado por el calor, el cansancio y la imposibilidad de escapar de aquella ciudad.

Una chica me trajo el café, que era una bazofia. Estiré las piernas doloridas hasta tocar con la punta de los pies las patas de la silla de enfrente. Noté que mis pies se deslizaban por el piso como si estuviese grasiento. Miré debajo de la mesa: no era grasa lo que había, eran unos trozos de papel amarillento que se habían pegado a las suelas de mis zapatos. Despegué con los dedos de la mano uno de aquellos trozos de papel. En él apenas pude leer tres palabras en letras muy desgastadas: "en la imaginación". Esas tres palabras me intrigaron y recogí los otros fragmentos de papel. Parecían pertenecer todos a un mismo telegrama, que por alguna razón había terminado despedazado en aquel rincón. Traté de recomponerlo sobre la mesa como si fuese un puzzle, pero faltaban un par de trozos, así que tuve que inventarme un par de palabras para completarlo. Decía algo así:

Ya he olvidado, Helvia, lo que el viento se llevó,
las rosas en el suelo, las rosas del delirio,
y he bailado para no acordarme de tus blancos lirios;
pero más que mi alma podía la antigua pasión,
sí, constantemente, porque el baile era un martirio;
te he sido fiel, Helvia, fiel en la imaginación.


Entremezclé de nuevo los trocitos de papel y los metí en la taza vacía. La chica se llevó la taza y yo salí de allí tratando de olvidar el sabor de aquel café. Decidí seguir las indicaciones de tráfico que apuntaban hacia Main Street. Pensé que ese sería el lugar ideal para retomar mi camino. O, mejor dicho, para comenzar mi camino: todo recto por Main Street.

El séptimo camionero

Si alguna vez digerí polimórficos azares dentro de mí, y con alas retroactivas volé hacia basureros ónticos.

Si yo soñé durmiendo en profundos valles de gas, y mi ser-aquí alcanzó una sabiduría de horquilla replicadora: –

–y así es como habla la sabiduría de una horquilla replicadora: «¡Mirá, no ai ni arriba ni abajo! ¡Lansate de acá para ashá, asia delante, asia trá, tú gaseiforme! ¡Despegá!, ¡no sigas tirándote simples pedos!

–¿Akaso todas las berdades no están exas para los pekados? ¿No mienten, para kien es gaseoso, todas las berdades? Despegá, ¡no sigas tirándote simples pedos!»

Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la indecencia y el nupcial anillo de los anillos –el anillo de la retroblasfemia?

Nunca encontré el cromosoma de quien quisiera tener bacalaos encebollados conmigo, a no ser este cromosoma a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh indecencia!

¡Pues yo te amo, oh intrascendencia!

¿Me quieres?

–¿Me quieres? –repitió Phil al comprobar que Laura no contestaba.

Laura apretó hasta el fondo el acelerador del viejo Cadillac descapotable y encendió las luces largas.

–¿Por qué quieres saberlo? –contestó ella sin dejar de mirar al frente–, ya no podemos hacer nada. Qué importa ya...
–¿Adónde vamos? –preguntó él mientras giraba la rueda de la radio buscando algo de música.
–Ya lo verás.

Era una noche sin luna. La tierra y el cielo se fundían en una misma oscuridad. Y lo único que se podía observar en todo el valle eran las luces del coche avanzando en línea recta a toda velocidad, cortando la oscuridad limpiamente como una estrella fugaz solitaria que surca el espacio.

–Mira en la guantera –dijo ella al ver que de la radio no salía más que ruido–, las cintas están ahí.
–¿Nuestras cintas?
–Sí, perdí algunas la última vez que me mudé, pero todavía quedan bastantes.
–Cohen, Miles, Lou, Coltrane, Bob… –dijo Phil mientras rebuscaba entre las casetes que había allí dentro– ¿Te acuerdas de cuando compramos esta? –dijo enseñando una en la que se podía leer: "Astral Weeks".
–Sí –contestó Laura–, cómo iba a olvidarlo.
–¿Puedo?
–Claro.

Phil sacó la cinta de la carátula con solemnidad. Y, como si de un ritual se tratase, la introdujo lentamente en la ranura del radiocasete. La música tardó unos segundos en comenzar, pero cuando lo hizo se adueñó del silencio abismal del valle, del ronroneo del motor y de las palabras de Laura y Phil.

Continuaron sin decir nada durante muchas millas. No se cruzaron con ningún otro automóvil en toda la noche. Phil se quedó dormido con la cabeza apoyada en el borde de la puerta mientras que Laura sólo apartó la vista de la carretera para cambiar de cara, una y otra vez, la cinta de Van Morrison.

Cuando despertó muchas horas más tarde, Phil sólo vio el mar hasta el horizonte. Durante un instante pensó que estaba en un barco en medio del océano, pero no notó el leve balanceo que confirmase aquella impresión. El coche estaba quieto, Laura estaba durmiendo, el desierto había desaparecido y la noche había dado paso a un día de cielo gris. Estaban aparcados en una vasta llanura cubierta de hierba verde que terminaba bruscamente en un gran acantilado, justo frente al capó del coche. El radiocasete había expulsado la cinta blanca, y el discontinuo rugido del mar, que reventaba brutalmente contra las rocas, había sustituido a las canciones románticas de la noche.

Bajó del coche y se acercó al borde del precipicio mientras estiraba los músculos y desentumecía las articulaciones. Miró un momento hacia atrás –Laura seguía durmiendo– y después asomó la cabeza y miró verticalmente hacia el fondo rocoso de aquel acantilado. «¿Cuántos pies habrá hasta allá abajo? –se preguntó–, ¿cuántos pies? ¿Cuántos segundos? No muchos, ¿cinco, quizás? No son muchos, cinco segundos. He visto precipicios mucho más grandes que este. He visto el comienzo de precipicios más profundos que el infinito, más profundos que el mundo. Negros como la eternidad. Negros como sus ojos. Ella nunca podrá olvidarlo. Siempre me acusará con la mirada, hasta que me muera seguirá acusándome. No lo hace conscientemente. ¡Pero yo no pude controlarlo!, ella también estaba allí y tampoco pudo controlarlo. ¡No fue sólo culpa mía! Aquello nos había superado, controlaba nuestras vidas, todo lo que hacíamos. ¡Aquello tuvo la culpa! ¡No, no, no!, ¡no seas cobarde!, ella no hizo nada, ¡fuiste tú!, ¡sólo tú!, Phil, toda la culpa es tuya. ¡Por qué! ¿Por qué tantos años de sufrimiento?, ¿por qué tantos años de dolor, miseria y soledad para llegar a un maldito final lleno de mierda y de nada?, ¡por qué coño esperar si el final está tan cerca, a un solo paso, a sólo cinco segundos!, ¡por qué esperar a que otro decida por mí!, ¡por qué esperar a que un cabrón me pegue un tiro o me atropelle!, ¡por qué esperar a que mi corazón se pare cuando le parezca bien a un Dios mudo sin forma ni nombre, o a que un hijo de puta le de por lanzar misiles nucleares sobre mi casa! ¡Qué coño hago yo en este mundo!, ¡ya no me queda nada que hacer!, ¡nada que decir!, ¡ya no puedo hacer nada!, ¡Yo no soy…! ¡Yo no puedo…! ¡Yo me equivoqué! ¡Qué importa todo ya! No le tengo miedo a la muerte, ¡no!, le tengo miedo a la equivocación. ¡Malgasté mi vida! ¡Me equivoqué y le hice daño a otros! ¡Dios mío, qué más puedo decirte, yo no…, al infierno o adonde quieras pero sácame de aquí, sácame de aquí, por favor!» Phil dejó de prestar atención a sus propias palabras, que empezaban a perder el sentido. Iban de un lado a otro de su cabeza sin ningún control, rebotando unas con otras y explotando aleatoriamente. Su atención ya no estaba en su pensamiento, que ya no era pensamiento. Ni razón ni emoción. Un vacío se abrió en su interior violentamente, desalojando a su paso todo el aire que encontró. Dejó de respirar. Y no sintió nada.

–¡Phil! –gritó Laura, corriendo hacia él.

El grito lo sacó de su ensimismamiento. Ella lo abrazó por la espalda. Dieron la vuelta y caminaron hacia el coche.

–Vamos –dijo ella.
–¿Quieres que conduzca yo? –preguntó él.
–Mejor sigo yo. Ya queda poco. Sólo he parado un momento para descansar. Ya estoy bien.

Montaron en el coche. Cerraron las puertas. Ella giró la llave y arrancó, metió la marcha atrás, soltó el freno de mano y pisó el acelerador suavemente mientras miraba hacia atrás por encima del hombro. Él mantuvo la mirada fija en el azul del mar.

Condujeron en silencio durante unas cuarenta millas por la carretera general hasta llegar a un desvío que descendía hacia el mar. Laura giró a la izquierda y tomó aquel serpenteante camino de tierra. El coche daba botes bruscos y levantaba una enorme nube de tierra tras de sí. A ella no parecía importarle el violento traqueteo y mantenía el acelerador presionado firmemente. Una valla interrumpía el paso y tuvieron que detenerse. Laura bajó del coche y, con una llave que llevaba en el bolsillo del pantalón vaquero, abrió el candado y empujó la cancela hasta dejar espacio suficiente para que el coche pasase. Phil se cambió al asiento del conductor y aceleró lentamente para atravesar la verja con cuidado de no rozar la carrocería. Laura cerró de nuevo la cancela y subió al coche. «Sigue por ahí, es allá abajo», dijo ella señalando hacia el final del camino. Lo que se veía allá abajo, a lo lejos, era una pequeña casa de madera de una sola planta al borde de una pequeña playa de piedras y arena negras.

Aparcaron detrás de la casa y sacaron las mochilas del maletero. Laura abrió con la llave la puerta principal de la casa. Era una casa austera. «Mi abuelo y sus amigos se quedaban aquí cuando venían a pescar –dijo Laura–. Mi abuelo murió hace tres meses». Los tablones del suelo crujían al pisarlos. Las paredes estaban decoradas con trofeos y diplomas, anzuelos y material de pesca, anclas en miniatura, flotadores, pescados disecados y fotos de los viejos amigos sonriendo y mostrando sus capturas cuando todavía eran jóvenes y guapos. Aún se amontonaban unas botellas vacías de whisky en el fregadero haciendo honor a la que debió ser la última gran fiesta de aquellos viejos felices. Justo en el centro de la mesa del salón también quedaba otra botella del mismo whisky, pero llena y sin abrir. «Lo siento –dijo Laura–, me la llevaré».

Ella se llevó el whisky y empezó a abrir las contraventanas. Él esperó de pie en el centro del salón sin saber qué decir, adónde mirar ni dónde meter las manos. La luz gris entró con timidez a través de los gruesos cristales de las ventanas, que tenían una especie de nudo en el centro, como los culos de las botellas. «No hay luz eléctrica –dijo ella girándose hacia él después de terminar de abrir las contraventanas–. Antes había un pequeño generador, pero se estropeó. Yo lo prefiero así: era muy ruidoso. ¿Quieres comer algo?, ¿un bocadillo?». El aire marino entraba por la puerta y levantaba el polvo blanquecino que se acumulaba sobre los muebles y el suelo. «Sí», contestó él.

Espantaron a unos cangrejos y se sentaron a comer sobre dos piedras grandes a la orilla de la playa. Las olas eran modestas. Había marea baja y se sucedían con lentitud. Se formaban casi en la orilla para romper inmediatamente después y llevar sus últimos hilillos de agua hasta los pies de Laura y Phil.

–Me voy –dijo ella.
–¿Vas a dejar a Richard?
–Hace tiempo que nos separamos. Llevo casi medio año viviendo sola.
–¿Adónde vas?
–A Tokio. Voy a dar clases allí. Me voy el lunes, por eso he querido estar este último fin de semana contigo.

Estuvieron unos minutos sin hablar, comiendo tranquilamente y escuchando el rumor del mar. Ella bebió un poco de agua.

–Richard ya no era como al principio. ¿O quizás fui yo la que cambié? No lo sé. O quizás siempre fuimos así. La verdad es que nunca nos entendimos, siempre hubo un muro entre nosotros dos. Nunca llegamos a saber nada el uno del otro. Él tiene como una cosa, no sé cómo explicarlo –Laura se quedó callada un momento pensando cómo continuar–. Quizás es que no hay nada en su interior. O todo lo que hay es falso. Él tiene su mundo y es como si el resto no importara. Es incapaz de sentir compasión, ¿me entiendes? –giró la cabeza y miró a los ojos de Phil–. Es incapaz de preocuparse por algo que no le afecte directamente a él. Es capaz de montar en cólera por un arañazo en la carrocería del coche, pero incapaz de ayudarme cuando mi alma es la que está dañada. Es un egoísta –Laura volvió a dirigir su mirada hacia el mar–. Su amor no es más que egoísmo puro, me quiere como el que quiere un trofeo. Nada más. No sabe nada del amor ni de la vida. Cree que teniendo un poco de dinero para sus caprichos y un contrato laboral tiene la vida solucionada. Es como si no pensase. Como si no pensase en la muerte. Ni en la vida. Como si pensase que va a vivir siempre y que le basta con ver partidos de béisbol en una tele gigante. Tiene miedo del mundo. Ni siquiera es capaz de apreciar las emociones sencillas de la vida. Es un estúpido. Siempre fue un estúpido. El problema es que…
–¿Cuál es el problema?
–Que cuando una está sola se va con cualquiera –se quedaron en silencio, pensativos. Ella mordió el bocadillo y masticó pausadamente durante un rato antes de continuar–. La soledad te hace ver cosas en las personas que realmente no existen. Y te hace creer que ellos ven algo en ti, cuando realmente lo único que buscan es huir de su soledad tanto como tú.
–Ya –dijo Phil con la boca llena.
–Se inventan todo ese rollo de palabras bonitas y te dicen que te quieren y tantas otras cosas. Te hacen sentir especial y tú te lo crees porque necesitas creerlo. Dicen que ven algo en tus ojos, que sienten tus deseos. Pero todo es una mentira. Una estrategia. Amar a alguien es como creer en un Dios desconocido. Las palabras nunca son suficientes para probar la autenticidad de lo que dicen ser y sentir. Las palabras son mentirosas y repetitivas, las mismas siempre, las mismas mentiras desde aquí hasta China. No hay nada de especial en el amor. Es sólo biología. Somos una especie animal cualquiera. Somos más de seis mil millones de seres humanos. Vivimos y nos perpetuamos como insectos. ¡Insectos, eso es lo que somos! ¿Qué hay de especial en una pareja de insectos?, ¿qué hay de especial en el amor? Sólo es un instinto animal. Reproducción.
–Pero yo creo que lo nuestro…
–Lo nuestro fue un veneno demasiado tóxico –interrumpió Laura–. Sólo éramos dos almas desamparadas. Las drogas fueron nuestro amor.
–Ya, pero quizás aquello fue un amor verdadero, ¿no crees? –replicó Phil–. No hemos vuelto a ser felices desde entonces porque no hemos podido volver a encontrar aquella emoción en ningún otro lugar con ninguna otra persona.
–El amor verdadero no existe. No empieces tú también con estas tonterías. Estoy harta. El alma gemela es una ilusión. Quizás esté en algún lado. Pero es imposible encontrar un alma gemela entre miles de millones de almas gemelas. Además, qué importa, ¿para qué querría yo un alma gemela?
–Pero entre nosotros había una confianza absoluta, ¿no te acuerdas? No había miedos ni rencores silenciados. Fuimos felices, realmente felices. Éramos uno. Uno en el universo. Y todavía lo somos. ¿Por qué vienes aquí y me cuentas tu vida a mí y no a los otros seis mil millones?, ¿por qué te despides de mí y no de ellos?
–Porque a ti te conozco, casualidades de la vida, y a ellos todavía no los conozco. Yo no aspiro a encontrar la pareja perfecta, sólo busco a alguien mejor de lo que he encontrado hasta ahora. Comprendo que necesites "algo" para darle sentido a tu vida, pero no puedes obligarme a creer lo mismo que tú. Mi vida tiene perfecto sentido sin amor. Yo no quiero amor. Tú eres demasiado romántico. Yo quiero una amistad verdadera, no amor.
–¡Yo no soy romántico! ¿Pero qué me impide creer? Mira a tu alrededor: el infinito está aquí. Está cerca, nos rodea. Sólo podemos ver su comienzo, pero está aquí. No mires al horizonte, no hace falta mirar tan lejos. Mira mi mano. Mira mi pelo. Mira nuestros pies. ¡El mundo es profundo, Laura! Cada trocito de espacio es un pozo profundo y misterioso. No le tengas miedo a la muerte. Ni a la vida. La vida no es tan importante. Sólo debemos temer equivocarnos sin darnos cuenta. No podemos permitir que una equivocación nos impida descubrir aquello que ni siquiera hemos podido imaginar. Debemos darle una oportunidad a la oportunidad. Debemos creer que el misterio encierra algo en su penumbra. ¿Imaginas lo triste que sería desaprovechar la oportunidad de hacer un gran descubrimiento y conformarse con una vida insulsa de dolor y descomposición?
–¿Creer en qué? Yo no tengo la necesidad de sufrir. Y si me conformo con aquello que conozco es porque quiero; me basta y me sobra con esta playa, me basta con el mar, me basta con el viento, me basta con el sexo. Soy así de simple. No necesito mirar en la penumbra. No necesito buscar la felicidad, me basta con alejarme de la infelicidad innecesaria. Nosotros ya llegamos al final de nuestra oportunidad. Y por lo menos seguimos aquí, diciendo tonterías, pero nuestra hija se quedó en el camino.
–Pero yo te quiero a pesar de todo. Por muy horrible que fuese aquello, no puede hacernos cometer otro error. Perdimos a una hija, ¿si perdemos nuestro amor conseguiremos solucionar algo?
–Quizás.
—Pero…
–Nuestro amor ya no existe –interrumpió ella otra vez–. Nuestro amor fue el único error. No podemos perder lo que ya hemos perdido. Ya hemos hablado demasiadas veces de esto –dijo ella, concluyendo así la conversación.
–Voy a tomarme las pastillas –dijo Phil un buen rato más tarde.
–Llévate el agua –dijo Laura alcanzándole la botella de agua.

Phil caminó tambaleándose hacia la casa. Y Laura, cuando terminó de comerse el último bocado de su bocadillo, mirando al horizonte sin pensar en nada concreto, se quitó toda la ropa y se acercó al mar. Se agachó y rozó con sus dedos el agua que rodeaba sus pies. «Este agua mansa que me rodea los pies es la misma que en otras ocasiones hundió grandes barcos –se dijo a sí misma en el tono emotivo que sólo era capaz de usar consigo misma–; la misma que inundó valles y ciudades y ahogó a familias enteras; la misma que, con su ausencia, ejecutó a otras tantas familias. ¡Mierda, qué coño estoy haciendo! –se interrumpió–. Este agua mansa y fresca que me acaricia los pies –continuó– es la que cayó sobre nuestras cabezas en nuestra primera cita, la que corría por el río frente a mi ventana cuando era niña. Este agua fue mi sudor, este agua fue mi sangre, mi orina, mis lágrimas. Este agua estuvo dentro de mí. Este agua fue yo. Este agua fue nosotros». Paso a paso, siguió adentrándose en el agua, que primero le llegó a la altura de las rodillas y después hasta la cintura. Estaba muy fría, pero Laura no rehuía el frío, todo lo contrario, trataba de disfrutar de aquel frescor todo lo que podía. Por eso siguió adentrándose lentamente en el mar, con cuidado para no meter una pierna entre las rocas o de pisar una piedra mal fundada, sin hacer aspavientos para evitar los golpes de las olitas y evitando zambullirse apresuradamente. Siguió avanzando hasta que el agua le llegó a la nariz, entonces cerró los ojos y se sumergió totalmente. Nadó y nadó durante unos minutos hacia el horizonte, disfrutando de cada brazada como del sueño disfruta una adolescente. Cuando se cansó, dejó de nadar y se dio la vuelta. La orilla estaba lejos, a unos quinientos o mil pies –nunca fue buena calculando distancias–, y la casa estaba todavía un poco más lejos. Apenas podía distinguir la figura fina y oscura de Phil, que se apoyaba en el marco de la puerta, pero le hizo gestos y le gritó para que viniera a bañarse junto a ella. Phil tardó un poco en reaccionar, pero al final se quitó la ropa y se metió en el agua. Enseguida se zambulló y empezó a nadar a estilo libre, levantando por los aires una gran cantidad de agua y creando una nube de espuma a su alrededor. A Laura, al verlo venir hacia ella, le surgió una duda repentina y extraña y no supo qué hacer: esperar allí a que él llegase o huir. Su cuerpo le pedía huir, pero su razón se preguntaba por qué. Le entró miedo, como si un tiburón la estuviese atacando. «Pero si es Phil», pensó. Cuando él se acercó a menos de treinta pies, no pudo evitar que el pánico se apoderase de sí misma y comenzó a nadar con todas su fuerzas hacia el otro lado. Él se dio cuenta y aceleró para poder alcanzarla. Se acercó mucho a ella, casi rozaba sus pies con sus manos, pero cuando estaba a punto de alcanzarla, ella giraba y se sumergía desesperadamente de un lado a otro, como una foca o un pingüino que escapa de una orca, lo suficiente para despistarlo y aumentar la distancia un poco. Siguieron nadando uno detrás del otro y, poco a poco, Laura consiguió aumentar la distancia respecto a Phil, que no había parado de nadar desde que entró en el agua y estaba cansado. Cuando la distancia fue lo suficientemente grande, ella se sintió segura, paró de nadar y se dio la vuelta hacia él, soltando carcajadas entrecortadas por la respiración jadeante. Él, que también paró de nadar, apenas podía respirar. Ella gritaba y se reía como una loca. Phil aprovechó que ella se sentía segura y confiada para avanzar lentamente hacia ella sin que se percatase. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se lanzó de nuevo al ataque, entregando todas las fuerzas que le quedaban en este intento. Ella reaccionó enseguida y también comenzó a nadar otra vez. Ahora iban hacia la orilla. Él se acercó de nuevo lo suficiente para rozar sus pies con los dedos de su mano, llegó a agarrar uno de los dedos gordos del pie de ella, pero ella se soltó con una fuerte batida de la pierna. Las fuerzas empezaron a fallarles a los dos. Pero, finalmente, Phil consiguió agarrar el pie derecho de Laura y tirar de él con fuerza. La atrapó entre sus brazos con toda su energía. Ella lo golpeó con los puños cerrados en el pecho, en los hombros y en los brazos, tratando de escapar. Siguieron forcejeando durante unos segundos. Ella le arañó el pecho y la cara. «¡Tranquila!», gritó él varias veces. Pero ella sólo paró de pegarle cuando se quedó sin fuerzas, resignándose a permanecer allí, atrapada entre sus brazos brutalmente. Asfixiada. Él, al sentir su cuerpo desnudo y jadeante pegado al suyo, no pudo evitar besarla. Ella no se resistió.

Se arrastraron hacia la orilla como náufragos y, una vez fuera del agua, se tumbaron juntos sobre la roca más grande y lisa. Tenían los ojos y la nariz irritados por el agua salada. Pero, al menos, el sol había salido, y se sintieron reconfortados por su agradable calor sobre sus cuerpos exhaustos y mojados. Cuando recuperaron la respiración se incorporaron, apoyándose en sus codos, y se miraron el uno al otro. «Vaya, sus tetas ya no se mantienen en el mismo sitio y tiene celulitis», pensó Phil justo antes de que ella le dijese: «Te ha salido barriga». «Es la buena vida que llevo», contestó él. Los dos rieron, se recostaron otra vez y suspiraron.

–¿Te acuerdas de cuando fuimos a Tahití? –preguntó ella.
–Fue nuestro primer viaje.
–¿Te acuerdas de cuando nos bañamos en aquella playa desierta bajo la luna y los cocoteros?
–Hicimos algo más que bañarnos –rió Phil.
Laura se quedó en silencio.
–¿Qué ibas a decir? –le preguntó él.
—Iba a decir que… No lo sé, se me ha olvidado…

Se quedaron dormidos allí acostados.

Más tarde, cuando despertó, Phil vio que Laura no estaba junto a él. Se incorporó y vio que ella estaba pescando, sentada al final del pequeño embarcadero que había en el otro extremo de la playa. Se puso de pie, pasó por la casa para ponerse algo de ropa y caminó hasta el embarcadero. Cuando ella sintió su presencia le enseñó lo que había dentro de un cubo blanco que tenía a su lado. «Mira lo que he encontrado», le dijo ella. Dentro del cubo había dos grandes cangrejos, que remoloneaban allí dentro como si estuviesen asustados. «Serán nuestra cena, ¿te parece bien?». Él se encogió de hombros y preguntó: «¿Has pescado algo?». «Quería pescarte un salmón, pero no hay manera», respondió ella. «Deberíamos volver a la casa, ya es de noche y hace frío». Ella recogió el hilo de pescar sin nada en el anzuelo y se puso de pie. Él cogió el cubo con los cangrejos y la caja de los aparejos. Caminaron uno junto al otro hasta llegar a la casita. El tiempo se había puesto feo, había viento y las olas se habían hecho grandes y rompían violentamente contra las rocas. Entraron y cerraron la puerta, acallando el silbido del viento.

Él puso el cubo sobre una mesita de madera de pino que había frente a una pequeña cocina que había empotrada en el fondo de la estancia principal.

–¿Tú crees que esto se puede comer? –preguntó Phil mirando a los cangrejos en el fondo del cubo.
–Claro que sí –respondió ella en voz alta desde otro lado.
–¿Y cómo piensas cocinarlos?
–Primero hay que matarlos, después hay que lavarlos bien y quitarles el caparazón y las pinzas.
–¿Y cómo vas a matarlos?
–¿Cómo voy a matarlos…? Pues no sé. Dame ese cuchillo.

Ella se acercó y Phil le dio uno de los cuchillos que colgaban de la pared. Laura lo agarró como si fuese el mismísimo Norman Bates y apuntó al cubo.

El cangrejo que estaba más arriba aplastando al otro, como si supiese que lo querían matar, levantó las pinzas. No lo hizo en actitud agresiva, sino como el delincuente que se ve sorprendido in fraganti por la policía y levanta las manos suplicando por su vida.

–¿Que cómo voy a matarlos? –dijo Laura con el cuchillo en alto–. ¡Ya verás cómo voy a matarlos!

Laura, que seguía con el cuchillo en alto, no sabía muy bien cómo hacer aquello y empezó a sentir ternura por aquel cangrejo que, aterrorizado, le suplicaba piedad mirándola con las pinzas en alto apoyado en sus patas traseras. Entonces ella miró a Phil.

–¡A mí no me mires –dijo Phil al darse cuenta de sus intenciones–, yo no puedo matarlos!
–¡Por favor! –dijo ella–, me hace tanta ilusión.
–¡Pero es que no puedo!, no me pidas eso. Mira, a mí no me apetece cangrejo ahora, podemos hacer unos espaguetis de estos que hay aquí.
–¿Y qué hacemos con los cangrejos?
–¿Soltarlos?
–Está bieeen. Los soltaremos y comeremos espaguetis. Pero es una pena, me costó tanto atraparlos.
–Ya, ya… –dijo Phil con desdén al mismo tiempo que trataba de adivinar cómo había conseguido capturarlos.

Laura cogió el cubo y fue hasta la puerta y volcó los cangrejos sobre la arena negra que había frente a la casa. Uno de ellos quedó boca arriba y ella le dio la vuelta de un golpecito, retirando la mano rápidamente con algo de miedo. Los dos cangrejos se fueron velozmente hacia el mar, uno al lado del otro. Laura dijo: «¿Crees que son hembras o machos?». «No lo sé, puede que uno sea hembra y el otro macho», contestó él. «Sí, puede que sea así», dijo ella, que se quedó allí mirando cómo escapaban los animalitos hasta que se ocultaron entre los recovecos de las rocas húmedas, cerca de la orilla.

Encendieron unas velas y cocinaron los espaguetis con el poco gas que quedaba en la pequeña bombona de acampada.

–Parece que el viento ha parado y ha subido la temperatura, podemos comer fuera si quieres –dijo Phil mientras escurría los espaguetis con cierta dificultad.
–Sí, sacaremos la mesa –contestó ella.
–¡Qué pena no tener una raqueta de tenis a mano!
–¿Una raqueta?
–Sí, para escurrir los espaguetis como Jack Lemon.

Ella sonrió al entender de qué hablaba Phil. Se sentaron a la mesa y empezaron a comer. Tenían agua y pan, además de los espaguetis. También tenían algo de fruta. La brisa era suave y cálida. La luna estaba en su primera noche creciente y brillaba como una finísima guadaña, que se reflejaba junto a las estrellas en el tranquilo mar y los iluminaba levemente junto a una vela que habían puesto en el centro de la mesa.

–¿La vimos en casa de Hank y Sally, verdad? –preguntó ella llevándose unos espaguetis a la boca.
–¿El qué?
–La película…: "El Apartamento".
–Ah, sí, creo que sí –respondió Phil.
–¿Qué habrá sido de Hank y de Sally? –continuó Laura– No creo que hayan aguantado mucho tiempo juntos, ¿no crees?.
–No creo, no.
–Estaban un poco locos…

Ella no pudo evitar soltar una carcajada al decir esto último. Se llevó la servilleta a la boca pero no pudo parar de reír. A él se le contagió la risa, más tímida en su caso. «¡Dijeron que era importante!», gritó Laura de forma entrecortada entre tantas risas. «¡Fóllame, mamá!», siguió gritando Laura.

–¿Pues sabes que en los libros de psicología se tratan estas cosas? –dijo Phil– ¿Sabes cómo llaman los psicólogos al rollo ese que hacían?
–No –dijo Laura, colorada, tratando de calmar sus carcajadas.
–A lo de ponerse pañales y llorar como un bebé lo llaman "autonepiofilia".

Al oír aquello, Laura volvió a estallar en carcajadas.

–Y a lo de follar con público –continuó Phil cuando ella se calmó lo suficiente como para poder oírle– lo llaman "autagonistofilia".

Las carcajadas de Laura eran tan fuertes que dejaba de respirar por momentos: levantaba los pies del suelo de lo fuerte que contraía el abdomen, para dejarlos caer con fuerza al extenderlo de nuevo y volver a respirar.

–Lo que no sé es cómo llaman los psicólogos al fenómeno conjunto de autonepiofilia y autagonistofilia –dijo Phil–. Pero yo creo que…
–¿Y cómo sabes todo eso? –interrumpió ella.
–No leo más que libros de psicología.

Se calmaron y terminaron de comer sin decir nada, escuchando el murmullo del mar. Ella encendió un cigarrillo después de terminar con el postre, una manzana, e invitó a Phil. «Ya sabes que no fumo», dijo él. «Espera un momento», dijo ella. Laura fue a la parte trasera, arrancó el coche y lo puso delante de la casa, frente al porche y junto a la mesa donde habían comido. Puso la cinta de Van Morrison, apretó el "play" y volvió a sentarse frente a Phil. «Estaremos más cómodos en el coche», dijo él. Se levantaron y se metieron en el coche a escuchar la música, mirando al mar y a las estrellas.

–Entonces –dijo él–, ¿todavía te acuerdas de esta cinta?
–Fue tu primer regalo, cómo iba a olvidarlo –contestó Laura.
–Éramos unos niños.
–Sí, éramos unos niños, y nunca debimos dejar de ser niños.
–No creo que eso pueda elegirse.

Encendieron las luces largas del coche e improvisaron una pista de baile. Salieron a bailar en aquella pista de arena negra, iluminada transversalmente. Bailaron alocadamente, al ritmo que dictaban sus corazones más que al de la propia música. La luz los cegaba, se pisaban y reían. Disfrutaban de cada roce, de cada caricia, de cada pisotón, de cada beso. Bailaron durante horas, sólo paraban para darle la vuelta a la casete.

Phil terminó arrinconando a Laura contra el coche, la fue empujando hacia el parachoques delantero. La levantó, agarrándola por los muslos, y la posó sobre el capó rojo del Cadillac. Abrió sus piernas y le hizo el amor entre los dos potentes focos de luz que iban a parar al mar, creando dos grandes discos amarillos sobre su superficie negra. A Phil se le saltaban las lágrimas a cada empujón. Ella lo abrazaba entre sus brazos y sus piernas con todas sus fuerzas. Él le dijo al oído entre sollozos y gemidos de placer: «Te quiero. No te das cuenta de que no volverás a encontrar a nadie que te quiera como yo. Somos uno, somos uno en el universo, sólo uno». Ella no contestó.

La luz del sol despertó a Laura a la mañana siguiente. Estaba acostada en el sillón trasero del coche. Él estaba sentado en el asiento del conductor, mirando al rojo horizonte. Ella se incorporó y puso su mano en su hombro.

–Si queremos volver a tiempo, tenemos que salir ya –dijo ella.
–¿Estás segura?
–Sí. Tenemos que volver.

Pararon a desayunar en una gasolinera y siguieron su camino hacia el sureste. Recorrieron cientos de millas y volvieron a parar para comer. Siguieron, después de comer, otras tantas millas hasta que anocheció y llegaron a la gran ciudad.

Laura, que conducía, paró frente a una gran cancela de hierro negro que se alzaba en lo alto de una colina y apretó un botón en una pared. La cancela se abrió. Laura aceleró y siguió por un camino de tierra con jardines a los lados. Al final del camino había un edificio neoclásico, una especie de palacete. Detuvo el coche frente a la escalera de entrada. Dos mujeres vestidas de blanco con cofias blancas sobre sus cabezas sostenían una silla de ruedas negra. Phil y Laura se bajaron del coche.

–Hola Philip –dijo una de las enfermeras acercándole la silla–, siéntate aquí.

Phil se sentó y la enfermeras aseguraron sus brazos con unas cintas de cuero.

–¿Por qué lo atan? –dijo Laura enojada.
–Es más seguro así –respondió una de las enfermeras.
–¡Pero él puede caminar!
–El doctor lo prefiere así.
–¿Se ha tomado la medicación? –añadió la enfermera.
–Yo no… Yo…

Laura no pudo contestar, se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.

–No llores –dijo Phil–, esta es mi casa. Estoy bien aquí.

Una de las enfermeras se llevó a Phil, que apenas pudo decirle algo a Laura. Ella trató de seguirlos pero al llegar a la puerta principal le impidieron el paso.

–¡Dejen que me despida de él! –suplicó Laura.
–Lo siento señorita –dijo el guarda–, ahora ya es muy tarde.
–Puede pedir cita para cualquier otro día –añadió la enfermera–, no se preocupe.

Entre la enfermera y el guarda agarraron a Laura y la llevaron hasta el coche. El guarda abrió la puerta del conductor y la ayudó a entrar en el coche.

–Él está mejor aquí que en cualquier otro sitio –dijo la enfermera a través de la ventanilla.

Laura asintió con la cabeza y se secó las lágrimas con las manos. Arrancó el coche y salió del recinto. Condujo hasta su casa, al otro lado de la ciudad, sin respetar las señales de tráfico. Las lágrimas le nublaban la vista: el rojo y el verde de los semáforos eran como un manchón de pintura estrellados en su iris y las luces de neón de los bares y las discotecas se movían como si flotasen en el agua.

Al llegar a su casa se duchó y se acostó sin comer, pero no pudo dormir. Al levantarse vio el billete para Tokio sobre la mesa de noche. Todavía quedaba tiempo suficiente para coger el vuelo.

Mientras se calentaba el agua del café, sacó la maleta del altillo y empezó a meter en ella, de forma revuelta, toda la ropa y las cosas que creía necesitar para el viaje. El agua del café comenzó a silbar y tuvo que ir a la cocina dejando la maleta a medio hacer.

La ventana de la cocina estaba abierta, las cortinillas bailaban sobre el fregadero. Era lunes a primera hora y el ruido que venía de la calle era ensordecedor: las bocinas aullaban, los motores rugían y los niños pequeños que iban a la guardería de al lado gritaban de incomprensión. Cerró la ventana y puso la radio, se sirvió el café y se sentó un momento.

–Los que hemos pasado la vida sufriendo –decía una voz de la radio– vivimos convencidos de que aquello que nos hace sufrir desaparecerá en un futuro cercano y dará paso a la felicidad. Hasta que un día nos damos de cuenta de que esto nunca va a suceder, de que nunca desaparecerá el sufrimiento y seguiremos sufriendo durante el resto de nuestras vidas. De que no hay esperanza. ¿Y sabes por qué pasa esto, Jack?, porque no sabemos qué nos hace sufrir. Ni tampoco sabemos qué soñar. Nos pasamos la vida hablando de sueños, pero la mayoría no sabemos qué soñar.
–Entonces, Anthony, volviendo al tema de hoy, ¿crees que hace falta soñar?
–Sí, Jack, creo que sí. Pero hay que saber qué soñar.
–Pues no sé qué decirte, Anthony. Yo no estoy seguro de que sea necesario soñar. Los animales no sueñan y son felices.
–Ya, pero es precisamente esa...
–Perdona que te interrumpa, Anthony. Pero, como lo prometido es deuda, ahora toca un poco de música: "Beside you", de nuestro querido Van Morrison, un éxito del sesenta y ocho, ¿qué tiempos?, ¿verdad, Tony?
–Sí, Jack.
–Que la disfruten.

La música empezó a sonar. Laura apagó la radio y fue a su dormitorio, sacó una caja de zapatos del altillo y la abrió.

El disparo en la sien fue limpio y apenas hubo que limpiar sangre.

Yo

Yo soy un viajante en Shanghai.
Yo soy un herrero en Damasco.
Yo soy un marinero en el Sur.
Yo soy un esquimal en el Norte.

Yo soy un amor vagabundo.
Yo soy un calvario sin nombre.
Yo soy una mentira cierta.
Yo soy una verdad culpable.

Yo soy una noche infinita.
Yo soy un dolor profundo.
Yo soy un ser diminuto.
Yo soy un infierno más.

Canto rodado

Misterioso, invisible y reservado,
dice que un largo viaje nos espera,
un andar de rodillas en la esfera
hasta el Paso del Cielo hallar alado.

¡No amarás a tu hermano más que al hado!,
grita, y deja mil muertos en la acera.
¡Tú, que en silencio ofendes a mi era!,
¿es ésta tu verdad, malintencionado?

Yo le digo: no veo lo invisible.
De pie me pongo y a cielo que saluda:
esta canción que bailo, irredimible.

No me odies. Ama todo lo que duda,
lo que muda. Sensible, incontenible,
como un guijarro, amor, alma desnuda.

Fuego lejano

Amor; la noche vieja y fría, invierno,
la triste lluvia pega en la calzada
y el viento trae queja del infierno.

Mas yo ando solo, con memoria osada,
caminos que se arrastran hacia el mar
de estío delicado y madrugada.

Haiku al invierno solitario

Perdido, el viento
helado busca a quién
acariciar.

Niebla en playa paradisiaca

Como un boxeador musculoso con cabeza de toro bravo se revuelve la locura en las noches de insomnio. Ágil y rápida: antes de que pueda darme la vuelta para mirarla a los ojos ya se ha vuelto a colocar justo detrás de mí, lista para darme la cornada final.

El dolor abarrota las gradas y aplaude con furor. Ni un asiento libre queda ya, todos los asientos están vendidos desde hace tiempo, todos llenos de dolor con forma de labios de mujer desconocidos. Labios que brillan a cámara lenta por encima de las palabras entremezcladas que vociferan a toda velocidad: agujas frías que quieren entrar por mis oídos para reventarme los tímpanos.

Todos ellos han apostado por el mismo resultado. Les da igual perder, no están allí por un simple puñado de dólares. De todas formas, las apuestas dicen que lo tengo difícil, muy difícil, así que su posición es comprensible. Si hubiese algún loco que apostase por mí y yo consiguiese vencer se convertiría en el mayor millonario a este lado del tiempo y el espacio.

–¡Basta! –grito en la oscuridad mientras me seco las lágrimas disimuladamente para que Zaratustra no me vea llorar desde lo alto de la montaña.
–¡Vergüenza eres!, ¡Vergüenza serás!
–¡No, no, no! ¡Vete de mí, dolor, o tendré que echarte a patadas, hijo de puta! ¡Mira cómo te hago desaparecer, cabrón, voy a respirar el aire de los vientos que surcan los cielos sin nubes y vas a desaparecer!

Entonces los labios callan y desaparecen poco a poco absorbidos por los conductos de ventilación junto al humo gris. La intensa luz de los focos del techo se atenúa y el aire de los vientos que surcan los cielos sin nubes llega hasta mí a través de un pequeño ventanuco cuya portezuela va y viene suavemente.

Pero es entonces –cuando parece que el sueño tiene vía libre para visitarme– que siento de nuevo el aliento caliente de ella en la nuca. Y, antes de percatarme por completo de su presencia, ya estoy atravesado por su largo cuerno, que sale a través de mi corazón reventando como los platillos en el adagio de la novena de Mahler. Todo está ahora manchado de sangre burbujeante que no puedo limpiar porque estoy a merced del cuerno que me eleva y zarandea como si una marioneta fuese yo. Sólo puedo mover los brazos. Me tapo los ojos para no ver la luz intensa que vuelve a enfocarme, pero de nuevo las palabras vociferadas me electrocutan hasta llevarme a la extenuación. Me tapo los oídos, aplasto los párpados unos contra otros, me golpeo las sienes.

–¡Está bien, está bien –grito con la voz desgarrada que me queda–, confesaré!, ¡Confesaré aquello que queráis oír!
–Tú tuviste la culpa –me susurran unos labios delicados.
–¡Sí, yo tuve la culpa!
–Mereces todo el mal del universo.
–¡Sí, merezco todo el mal!, ¡Todo para mí!
–Eres la vergüenza.
–¡Soy la vergüenza!
–Tienes miedo
–¡Tengo miedo!
–Debes morir.
–¡Cuando queráis!

En realidad

Te escribo para decirte que,
en realidad, nada sirvió.
Todo lo que hice fue vacío.
Todo lo que dije, mentira.
Lo que sentí, desconocido.
En realidad,
todos mis pensamientos fueron pobres
e injustificables.
Quise disculpar mis emociones,
mentirle al mundo,
mentirte a ti.
En realidad,
tuve miedo, fui un cobarde.
Sólo fueron heridas en la piel
y no en el corazón,
las que me impidieron demostrarte
la realidad.

Recuperando la vida olvidada

Cuando era pequeño tenía muy claro lo que quería ser de mayor, pero no encontraba la palabra para definirlo. En la adolescencia busqué la palabra: biólogo, ingeniero, arquitecto, fotógrafo, arqueólogo... Ninguna encajaba en aquello que tan claro había tenido. La adolescencia me confundió. Los significados me confundieron. Las palabras me confundieron. No era una cuestión de palabras, lugares y dólares. Era una cuestión de emociones. Pero con el tiempo, esas emociones se perdieron y tuve que contentarme con elegir según palabras, lugares y dólares.

Hoy, ya adulto, he recuperado algunas emociones y, por fin, he encontrado la sencilla palabra que tanto busqué: aventurero.

–¿Usted qué es?
–Yo, aventurero, ¿y usted?

Aventurero. Esa es la palabra que mejor define lo que yo quería ser de pequeño. Pero entonces no la encontré y, ya en el bachillerato, buscando en los folletos, no encontré ninguna universidad que enseñara algo parecido a lo que yo quería.

Amor. Sí, amor. Porque, en la infancia, cuando imaginaba el amor imaginaba aventura. No imaginaba una bella mujer y un bello paisaje. Imaginaba una situación. Imaginaba movimiento. Acción. Cuando imaginaba una vida, imaginaba aventura. Riesgo. Sin riesgo, la vida no tenía sentido para mí.

El amor era un tren en la noche.
Amor era un turbohélice bajo la tormenta.
Amor era una selva inhóspita.
Un desierto.
Un océano embravecido.
Un suburbio hostil.
Una vela rasgada.
Un castillo en ruinas.
Una carretera perdida.

Amor, vida y aventura eran una misma cosa en mi imaginación. Un mismo sueño.

Pero llegó la adolescencia y me di cuenta de que el mundo no soñaba como yo: el amor para mí no era una discoteca y una copa de ron con cola. El amor no era una canción llena de vacío empaquetado con palabras profundas, ni una película con palomitas. No era un póster en la pared. Ni un look. Ni siquiera una actitud. El amor para ser, tenía que ser real, no un sucedáneo civilizado. El amor era la consciencia constante de estar en el filo de la vida y la muerte, del sentido y el sinsentido. Compartir con alguien eso en una mirada era todo lo que podía soñar:

No me servía una caricia sin razón.
Ni un beso sin razón.
Ni una mirada sin razón.
Amor tenía que ser razón. Razón desesperada.
Pero me conformé con otra cosa.

El amor para mí no consistía en compartir una vida, una familia, un hogar, un sueldo. El amor era compartir un riesgo mortal y único. Amor, amor verdadero, era algo reservado para algunos pocos, muy pocos. Los diferentes. Diferentes por eso mismo. Porque tienen el atrevimiento de enfrentarse al riesgo infinito. Al riesgo de ser lo que quieren. Al riesgo de ser cada vez más diferentes. Cada vez más alejados. Distantes. Extraños. Cada vez más locos.

Las vacaciones de Andrei - 13

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Las autoridades se negaban a admitir que aquello era una jodida guerra y lo llamaban "disturbios aislados". Los ciudadanos de California tenían que defenderse por sí solos de los ataques. Había habido incontables víctimas desde el comienzo de todo, pero los cuerpos de policía y el ejército seguían sin intervenir de la forma que hubiese sido necesaria, sólo actuaban a posteriori, cuando los mayores daños ya estaban hechos. La tensa situación había disparado el consumo de armas en la campaña navideña, la MP7 había sido el regalo más reclamado: «¡Ráfagas mortales, sálvate con la nueva MP7!» —rezaba el eslogan publicitario—.

Todo había empezado unas semanas antes con la toma de San Diego por parte de los neofascistas del Tíbet, brazo armado de los antiburócratas hondureños y aburridos. Los tanques entraron en San Diego el día dieciséis. Aplastaron sin compasión las débiles construcciones prefabricadas, los talleres de reparación sudados y las peluquerías poco iluminadas. Poco quedó en pie. Los analistas y expertos previeron en prime time un rápido avance hacia Los Ángeles, pero se vieron sorprendidos por una táctica que no pudieron imaginar: facciones armadas de auténticos hondureños antiburócratas y aburridos se organizaron desde dentro de los Estados Unidos y atacaron por el norte, directamente a San Francisco, que tampoco quedó en buen estado. Pronto, Los Ángeles se vio rodeada por las fuerzas aliadas de hondureños por el norte y tibetanos por el sur. Pero, para mayor sorpresa de los expertos, no hubo ataque: las fuerzas hostiles detuvieron su avance en el borde de la gran metrópoli. Y, desde aquel día, el ejército extranjero se mantuvo quieto, ingiriendo una gran cantidad de salchichas gigantes untadas en olas de ketchup y mostaza —según informaron los enviados infiltrados por los medios de comunicación angelinos—.

Los habitantes de Los Ángeles pronto se acostumbraron a la situación. No era la primera vez que sufrían cosas del estilo. Y, salvo por el incremento en la venta de armas y algún que otro atentado perpetrado por facciones aisladas de hondureños doblemente aburridos y sin reservas de ketchup, la vida en la ciudad era completamente normal. De hecho, la noticia del mes no había sido la presencia del ejército amenazador, sino la supuesta ola de ataques llevados a cabo por un maníaco sexual, "el Comeojos", cuyos métodos encajaban perfectamente con las preferencias informativas de la población. La verdad es que en Los Ángeles importaba una mierda los cientos de miles de muertos que había habido en San Diego y San Francisco. Muchos angelinos se alegraban y consideraban apropiado el exterminio de sus vecinos californianos. Siempre se había visto con recelo el uso excesivo de corbatas coloridas que hacían los sanfrancisqueños y la excesiva conexión de los sandiegueros con el mundo exterior. ¡Qué coño, cuántos menos, mejor! —pensaban los interesados en el tema—.

Pero todo había cambiado el día en que Alice se refugió junto a China en la buhardilla de Acacia Avenue. La paz había cesado. Los carros de combate habían entrado dentro de los límites del condado de Los Ángeles y la lucha se oía cada vez más cerca. Ellos dos habían pasado el día curándose las heridas y recuperando las fuerzas perdidas. Pero la noche había llegado y el peligro se sentía aún más cerca. No había más estrellas en el cielo que los proyectiles desviados y las bengalas de socorro. Él estaba acostado en la cama y ella correteaba de un lado a otro.

—Vamos a tener que salir de aquí —dijo Alice.
—Yo no puedo moverme —dijo él.
—¡Tenemos que salir!
—Pero Alice, adónde vamos a ir, no hay salida, la ciudad está rodeada. Sólo podemos mantenernos aquí con las luces apagadas y esperar que pasen de largo.

Alice se acercó a su ventanuco triangular y vio las enormes llamas de fuego no tan lejos.

—¡Lo están incendiando todo!
—Da igual, mientras el incendio no llegue hasta aquí no nos moveremos. Ven, siéntate a mi lado —ella se acercó y se sentó a su lado—. Tranquila, todo esto acabará pronto, ya verás... desde que encuentren al tipo de Malibú todo terminará.
—¿Qué tipo?
—El de la roca, estoy seguro de que lo están buscando a él. Estaban esperando a sentir su presencia para atacar.

Ella puso su mano sobre la frente de él.

—Te está subiendo la fiebre. Quítate la manta.
—No, déjame. Estoy bien. Es el tipo aquel, no sé cómo se llamaba. La noche de Malibú, cuando nos encontramos...
—Sí.
—Yo había encontrado a un hombre atrapado en el centro de Point Dumé, en el corazón mismo de la roca. Por eso estaba allí aquella mañana. Al principio no me hicieron mucho caso pero, por alguna extraña razón, antes del amanecer llegó un cuerpo completo de agentes de la CIA.
—¿La CIA?
—Sí. No era normal, había decenas de agentes de la CIA. Y ya sabes que la CIA no se entromete en los asuntos de la policía de Los Ángeles. Algo muy importante tenía que estar pasando con aquel hombre. Iban a traer una perforadora gigante para sacarlo de allí. Pero a mí y a Tony nos echaron del lugar y fuimos a parar a El Angelito.
—¡China!

Alice se puso de pie y se acercó al ventanuco. Vio como un tanque se acercaba rápidamente hacia la pequeña casa de madera en la que estaban.

—¡China, viene hacia aquí!
—¡Ayúdame a levantarme!

Ella lo abrazó y tiró de él, que se levantó dolorido.

—¡Tenemos que salir de aquí!
—¡No hay tiempo!

El tanque avanzaba en la oscuridad. Reventó la valla blanca de madera y entró en el jardín. Pero, ante la mirada atónita de Alice y China, no pudo seguir avanzando porque cayó en la piscina y quedó inclinado y semisumergido. La oruga derecha seguía girando en el aire, pero ya era imposible para aquel carro salir de aquella trampa. El agua echaba humo. El motor se paró y la oruga dejó girar. La escotilla se abrió y un soldado invasor salió con un subfusil entre las manos, se puso de pie sobre el tanque y oteó a su alrededor. Detrás, otro soldado salió por la escotilla y también se puso de pie. Los guerreros intercambiaron unas palabras y se sentaron sobre el duro y frío metal inerte. El primero dejó el subfusil a un lado y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa verde. Le ofreció uno a su compañero, que lo aceptó.

—¡Hay que salir ya de aquí! —susurró desesperadamente Alice.
—Está bien, pero necesito algo de ropa, no voy a ir con esta bata rota por ahí.
—Mi ropa no te cabe. Espera... Amanda seguro que tiene ropa de hombre de tu talla.

Alice salió del cuarto y corrió escaleras abajo. Enseguida volvió con unos vaqueros, unas zapatillas Nike y una camisa con estampados floridos hawaianos.

—¿Qué tal?
—Un poco estrecha, pero bien. ¡Vámonos de aquí!

Bajaron corriendo por la escalera y, a oscuras, fueron hasta la puerta principal.

—¡Espera! —gritó China.
—¿Qué?
—¿La moto, cuánta gasolina tiene?
—Lo suficiente para salir de la ciudad.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Iremos por la costa, ¿vale?
—Vale... ¿hacia el Norte o hacia el Sur?
—No lo sé, quizás sea mejor ir hacia el valle...
—Da igual... salgamos y veamos cómo está la cosa. Iremos por donde pinte mejor.

China agarró a Alice y la besó. Abrieron la puerta, dispuestos a correr hasta la moto. Pero enseguida vieron cómo dos sombras humanas se acercaban corriendo hacia ellos. Cerraron la puerta de golpe y se mantuvieron en silencio. China le indicó a Alice que se apartara de detrás de la puerta y que se agachara. Alguien tocó la puerta con las dos manos, desesperadamente: «¡Alice, ábreme! ¡Soy Amanda! ¡He perdido la llave!». China miró a Alice, que asintió con la cabeza, miró por la mirilla y abrió lentamente la puerta.

—¡No grites! ¡Hay dos terroristas ahí detrás! —le susurró con fuerza Alice a Amanda.

Amanda empujó la puerta y entró rápidamente. Vincent entró tras ella. Volvieron a cerrar la puerta y se quedaron los cuatro allí, a oscuras. Sólo se escuchaban los jadeos de Amanda y su compañero sobre el ruido de fondo constante de los combates más o menos lejanos.

—¡Qué haces aquí! —volvió a susurrar Alice.
—¡Y adónde querías que fuera! —contestó Amanda.
—¡Baja la voz...! Tenemos que irnos, el fuego y los tanques vienen hacia aquí.
—De eso nada, Vincent y yo nos quedamos. Aquí estaremos a salvo.
—Amanda, me cago en... ¡hay un jodido tanque en la piscina!
—Cariño —susurró Vincent—, escucha lo que dice tu hermana.
—¡No es mi hermana, capullo!
—Pero nena, hay un tanque en la piscina —insistió Vincent.
—Está bien, está bien. Tenemos que irnos. ¡Pero adónde!
—¿Tenéis coche? —preguntó Alice.
—Sí —respondió Vincent—, pero es un DB6 convertible, es único, ¿sabes?, hay que tener cuidado con él y las plazas traseras son muuuuuy estrechas.
—¿De qué coño estás hablando? —preguntó China.
—¿Y tú quién coño eres? —contestó Vincent.
—Soy China Monaghan, agente de policía de Los Ángeles.
—Perdone... señor Monaghan.
—Entonces, ¿hay coche o no?
—Sí, está aquí, en esta esquina.
—Bien —continuó China—. Vamos a salir corriendo hasta el coche. Conducirás tú, ¿vale, Alice? —Alice asintió con la cabeza—. Primero sigue recto hasta la playa, ya veremos allí hacia dónde vamos.

Las vacaciones de Andrei - 12

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Los presos de aquella cárcel subterránea y oscura sabían cuándo había llegado un nuevo día por la ligera luminosidad que entraba por algún sitio cuya ubicación nadie conocía con exactitud. Nadie sabía por dónde se colaba aquella tenue luz. Algún resquicio se mantenía vivo para permitir a la claridad sombría fijarse en las entrañas de aquellas cavernas profundas. Valeri siempre se levantaba antes de que las tinieblas permitiesen ver algo. Temprano, antes del amanecer, por tanto. Se tumbaba en el suelo y hacía flexiones y abdominales durante veinte minutos. Después, comenzaba su incansable tarea diaria de escribir cartas a Veronika. No tenía papel ni lápiz, así que escribía las cartas en la pared de piedra de la celda. Para ello, usaba una piedra que se había desprendido de la propia pared, convenientemente afilada. «Querida Veronika» era lo que siempre escribía al principio de sus cartas, que ya se extendían por todas las paredes, el techo y el suelo de la celda. «Querida Veronika, todo sigue igual... Mi anterior compañero murió y ahora tengo uno nuevo, es ruso, ¿sabes?, parece un buen tipo, un poco raro, quizás peligroso, pero eso qué importa ya» era lo que había escrito aquel día.

—Veronika no se llama Veronika, realmente —contestó Valeri a las preguntas que Andrei hacía con la mirada—. Su nombre verdadero empieza por "H". Sí, por "H". Pero no puedo decirte cuál es su nombre, podría ser peligroso. Si las fuerzas oscuras del universo descubriesen su verdadera identidad, irían a buscarla más allá de las montañas.

Andrei miraba cómo Valeri arañaba la pared con su piedra afilada. Le resultaba obvio que aquel tipo estaba loco. Pero todo aquel mundo estaba loco también, no podía creer ni a unos ni a otros. Todo era un mal sueño, una pesadilla. Quería volver a su casa de Novoryazhsk. Tenía que volver junto a sus pepinillos y su televisor, que ya era capaz de anhelar perfectamente. Pero cómo iba a volver —se preguntaba—, ya no tenía el anillo y allí seguía, metido en aquella celda junto a aquel tipo.

—Deja de hacerte preguntas —le gritó Valeri a Andrei—. Olvídalo todo. No pienses en volver. Ya volviste. Mejor dicho, nunca te fuiste. Ahora ya debes estar en tu casa descansando y haciendo lo que te gusta hacer. Tu consciencia se ha desdoblado. La mitad de ella está aquí, conmigo; la otra: en Rusia un montón de años atrás.
—Pero eso no puede ser.
—Sí que puede ser. Eso es lo que quieren. Eso es lo que hacen. Así destruyen nuestra iniciativa y nuestra voluntad. Nos acaban volviendo locos y, una vez estamos locos, nuestro pensamiento se desborda, cae al suelo y forma un charco sucio y apestoso. Ellos lo limpian, meten los restos en una caja fuerte y tiran la llave por la cascada escondida.

—¡Andrei Nikolaievitch! —gritaron dos carceleros mientras abrían la cerradura de la puerta de barrotes—, ¡La cúpula le espera! ¡Por aquí!

Los dos hombres agarraron a Andrei por las axilas y lo arrastraron por las galerías infinitas. Giraron a la izquierda, a la derecha, a la izquierda y otra vez a la derecha. Avanzaron cientos, miles de metros. Subieron, bajaron, volvieron a subir. Giraron y giraron por los pasillos y las galerías llenas de presos vivos y muertos hasta llegar frente a una gran puerta de hierro. Allí lo dejaron caer de rodillas. Esperaron un rato hasta que la pesada puerta se abrió lentamente, chirriando. Volvieron a coger a Andrei por las axilas y lo arrastraron hasta una silla robusta de madera en el centro de la gran sala. Lo ataron a ella y le adhirieron un montón de cables por todo el cuerpo.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó aquel tribunal sentado en lo alto, donde Andrei no podía verle la cara.
—Dicen que me llamo Andrei. Yo no estoy seguro de ello.
—¿Sabe por qué está aquí?
—No
—¿Recuerda su niñez?
—Mejor que la semana pasada.
—Entonces debe recordar su día mil quinientos treinta y tres.
—No, no lo recuerdo.
—Sí lo recuerda. No nos mienta. Sabemos todo. Seguro que recuerda aquel día... inténtelo...
—Si ustedes lo saben todo, para qué me preguntan.

El silencio se hizo en la sala. Andrei escuchó cómo la corriente de aire entraba por la gran puerta de hierro entreabierta y se escapaba por una pequeña puerta al otro lado de la sala, era tan pequeña esta última puerta que un humano normal no cabría por ella.

—Debe recordar, señor Nikolaievitch.
—¿Cómo voy a recordar?
—Está bien... le daré una pista... ¿Recuerda a su madre?
—Sí.
—Entonces, recordará lo que pasó con la mantequilla.
—¿Qué mantequilla?
—Usted ya sabe de qué mantequilla le hablo, no haga preguntas vanas.
—¿Y qué quiere que haga con ese recuerdo?
—Usted abrió la mantequilla y comenzó a jugar con ella. Impregnó toda la cocina con esa sustancia grasienta y cuando su madre volvió con las bolsas de la compra: resbaló y cayó al suelo. Las botellas de la leche se rompieron, los huevos también. Y ella se golpeó en la cabeza y se hizo una brecha que sangró abundantemente durante largo rato. ¿Qué pasó después?
—Ella me pegó.
—Ve cómo es capaz de recordar. Recordará, entonces, su día doce mil.
—No lo sé, ya le he dicho que recuerdo mejor mi niñez que la semana pasada.
—Eso ya lo hemos borrado de su declaración, como esto.
—¡No pueden hacer eso!
—Sí podemos...
—¡De qué se me acusa!
—Se le acusa del homicidio voluntario de mil quinientas cuarenta y una personas en su día doce mil de vida.
—Verá. Voy a explicarle algo. Yo no he matado ha nadie. Yo trabajaba en una explotación siderúrgica cerca de mi ciudad natal. Llegaron las vacaciones y en una agencia de viajes me hablaron de viajar al futuro y me enviaron hasta aquí. ¡Yo no recuerdo los últimos veinte años de mi vida! Y los anteriores los recuerdo con dificultad. ¡Yo no he matado a nadie!
—¿Cómo lo sabe, si no es capaz de recordar lo que ha hecho?
—¡Porque es imposible!
—Usted sí que recuerda. Lo recuerda todo perfectamente. Y pagará por ello.
—¡Le digo que no recuerdo nada!
—Lo sabemos, lo sabemos. Pero da igual. Para nosotros, usted sí que recuerda. Y le condenamos a pena de muerte. No vamos a devolverle a la clínica. Es un gasto inútil.
—¿A qué clínica?
—A la clínica psiquiátrica en la que le hemos encontrado. Los médicos dicen que usted sufre de amnesia post-vacacional.
—Yo no he estado nunca en una clínica de esas.
—¡Usted nunca debió haber abierto aquel paquete de mantequilla! ¿Por qué lo hizo? ¡Por qué!
—¡No lo sé! —Andrei estalló en un llanto agudo.

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Amanda salió del Country Club y fue corriendo hasta el descapotable plateado de Vincent. Saltó por encima de la puerta, se sentó junto a él y lo besó ardorosamente. Los miraban desde la puerta del club. Eso era precisamente lo que ella buscaba. Vincent arrancó el coche mientras todavía la besaba, mirando de reojo al frente, metió la primera marcha con cierta dificultad y pisó el acelerador. Avanzaron unos cientos de metros por Santa Mónica Boulevard.

—¿Adónde quieres ir a comer, cariño? —preguntó él— Podemos ir al francés del otro día o variar un poco.
—No sé, como tú prefieras.
—Podemos quedarnos por aquí cerca, ¿o quieres dar un paseo? Hace un día precioso.
—Tengo un poco de hambre, mejor dejar el paseo para después de la comida.
—Está bien, ¿qué tal si vamos al Belvedere?, ¿te gusta?
—¡Me encantaría ir, nunca he podido! Todas esas historias... —rió Amanda.
—Pues allí iremos.
—¿Estás seguro de que podemos ir?, ¿tienes reserva?
—No hace falta, en el Belvedere me conocen.

Ella arrimó su cara al hombro de él y dijo: «Te quiero, mi amor». Él condujo hasta el hotel y aparcó frente a la entrada. Los dos se bajaron y el mozo aparcacoches se llevó el antiquísimo DB6 Vantage Volante. Caminaron hasta el restaurante. Al entrar, ella se quitó sus gafas de sol negras y las metió en su estuche y, a su vez, en el bolso; él se quitó las suyas, de cristales verdes y montura de oro, y las colgó del bolsillo exterior de la americana de lino blanco. «Buenos días, señorita... Buenos días, señor Fagerholm —dijo el maître—. Su reservado está preparado. Síganme, por favor». El maître retiró las sillas y ellos dos se sentaron.

—¿Qué desean para beber?
—¿Quieres vino, Amanda?
—Sí, claro.
—Trae ese Far Niente del valle que tanto me gusta.
—Sí, señor.

El mâitre les entregó las cartas y se retiró.

—Cariño —dijo ella—no sé qué pedir.
—El salmón de la casa en la crep de cebolleta con crème fraiche y caviar está delicioso.
—Suena bien.
—El salmón es de la casa de verdad. Quiero decir: tienen pescadores propios que pescan los mejores ejemplares, ¿entiendes? Nadie sabe dónde los pescan, es alto secreto —los dos rieron.
—¿De verdad?
—Sí, sí. Es fantástico. Ya verás.

El maître se acercó, escuchó las peticiones y volvió a retirarse. Vincent alargó sus brazos y agarró las manos de Amanda con suavidad.

—Ahora que tenemos tiempo, quiero decirte que, aunque sólo llevemos una semana juntos, estoy muy orgulloso de ti.
—Gracias, Vincent. No todo el mundo sabe valorar mi trabajo como tú lo haces.
—Te comprendo perfectamente. Has hecho un trabajo excelente. Un trabajo duro, muy duro. Te has atrevido a ir hasta donde nadie más se atrevía. Has conseguido revelar al mundo una verdad oculta asumiendo riesgos y contra la voluntad de las fuerzas policiales, judiciales y políticas. Ya nadie se juega el tipo por los demás, por la sociedad.
—¿Sabes Vincent? He estado toda mi vida luchando por esto, por conseguir algo tan maravilloso. Yo nunca fui nada...
—Toma mi pañuelo, cariño.
—Gracias... —Amanda se secó las lágrimas y se sonó los mocos con el pañuelo de seda— Yo fui una niña pobre, muy pobre. Me crié en la granja con papá, mamá murió cuando yo tenía ocho meses y medio. Y, bueno, la vida en Kansas fue muy dura...
—Pero todo valió la pena, cariño. Mira hasta dónde has llegado. El reportaje de ayer es increíble. Lo más leído del año. Eres la periodista del momento. Créeme si te digo que, ahora mismo, los directores de los medios más importantes del país se pelean por ti —Amanda sonrió entre lágrimas—, luchan por tu fabuloso trabajo. Pagarán lo que sea.

El maître les interrumpió y tuvieron que separar sus manos. Ella se volvió a secar las lágrimas. El maître sirvió los platos y volvió a retirarse. Y ellos empezaron a comer.

—¿Entiendes, Amanda? Si trincan a ese cerdo hijo de perra, con perdón, habrá sido gracias a tu labor.
—¿Tú crees? No sé, yo no creo que tenga tanta importancia. Es un gran trabajo, pero...
—Sigues sin entenderlo... Antes de que tú revelases el caso había tres policías detrás de ese cabrón... pero ahora la ciudad entera reclama su cabeza y han puesto a medio cuerpo en el caso.
—Quizás tengas razón, cariño. Es que a veces peco de un exceso de humildad. Es mi gran defecto. No me valoro todo lo que debiera.
—Exacto. Debes rodearte de gente que sepa valorarte y olvidar a quien no lo haga.
—Tienes razón, ¿pero de verdad crees que trincarán al "Comeojos"?
—No estoy seguro. Pero gracias a ti hay más posibilidades, sin duda.
—Esta ciudad es muy grande. Hay demasiados casos sin resolver en Los Ángeles. Eso me preocupa. Si no lo atrapan, mi trabajo no habrá servido de nada.
—No te preocupes por eso. Tú has hecho tu parte. Si alguien fracasa, será la policía, no tú. Además, siempre hay otras batallas para una periodista como tú. Y yo siempre estaré a tu lado.
—Gracias Vincent —Amanda volvió a sollozar—, eres como un sueño hecho realidad.
—¿Está bueno el salmón?
—Riquísimo.

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Pequeños trozos de ceniza cayeron sobre la página del libro que trataba de leer en medio de aquel pasillo interminable, desierto y silencioso. Estaba sentada en una silla incómoda de plástico azul. Cambiaba de postura constantemente. Pasaba las páginas hacia delante y hacia atrás buscando algo que la entretuviese. Pero no encontraba nada interesante: eran malos tiempos para la literatura. Los Nobel estaban en horas bajas, eran todos de derecha, de izquierda o de centro. Y todos querían convencer. Tampoco había nada sugestivo que observar en aquel pasillo: sólo había puertas y paredes blancas, una camilla, un extintor y un surtidor de agua de acero inoxidable. Encendió un nuevo cigarrillo y miró al techo, a las bombillas halógenas, a las rejillas del aire acondicionado, a los detectores de incendios y a las cámaras de seguridad. Expulsó el humo del interior de sus pulmones por la nariz y volvió a cambiar de postura. Apoyó los codos en la falda y las palmas de las manos bajo la mandíbula. Fijó la mirada durante un momento en el cartel que indicaba la prohibición tajante de fumar en todo el edificio. Desvió la vista hacia sus pies. Movió la punta de los dedos. Eran unos zapatos muy bonitos.

Algo sonó a lo lejos. Unos pasos y el traqueteo de lo que seguramente era un carrito médico se acercaron. El carrito y los pasos se detuvieron justo frente a su mirada. Alice levantó la vista y vio a la doctora.

—¿Señorita Coen, no debería estar abajo con la policía y los psicólogos?
—No, estoy bien. Me han dicho que podía marcharme a casa.
—¿Y qué hace aquí todavía?, debe descansar.
—Ye he ido a casa, me he duchado y me he cambiado de ropa. Pero no podía dormir y he venido a esperarle.
—No se preocupe por el señor Monaghan. Se pondrá bien, pero ahora está sedado y es preferible que esté solo... Por cierto, ¿es usted familiar suyo?
—No. Nos conocimos allí. Él me salvó la vida.
—Lo preguntaba porque antes ordené a la enfermera Marianne que avisase a los familiares del paciente. Pero me ha dicho que no ha encontrado a ninguna persona cercana a él.
—Entonces... ¿no sería mejor que yo estuviese junto a él?
—No, lo mejor es que usted también descanse.
—Por favor, déjeme pasar a su habitación, no lo molestaré...
—Está bien... pero tendrá que entregarme ese paquete de cigarrillos.
—Claro, tómelos.
—Sígame por aquí.

Caminaron por el pasillo. Giraron a la derecha, la doctora abrió una puerta de dos hojas y tomaron otro pasillo, más pequeño. Este pasillo no era blanco, era azul pálido. Y la luz también era azul. Llegaron hasta una puerta con un número al fondo del pasillo.

—Es aquí, puede pasar. Puede sentarse en el sillón. Hay un lavabo tras esa puerta.
—Gracias.
—Que pase una buena noche. La enfermera asignada se presentará si hay algún problema, no debe preocuparse por nada.
—Está bien.
—Hasta luego.

La doctora salió al pasillo azul de nuevo y cerró la puerta de la habitación tras de sí. El cuarto quedó a oscuras. Sólo la luz que entraba a través de las cortinas, azules también, y las lucecitas, gráficas y numeritos resplandecientes de los aparatos médicos permitían a Alice guiarse por la estancia con dificultad.

Acercó el sillón a la cama de China, arrastrándolo con cuidado para no hacer ruido. Dejó el libro que había estado leyendo y la rosa que le había traído al agente sobre una bandejita retráctil de plástico que hacía las veces de mesita de noche. Se sentó y suspiró. Se quitó los zapatos y estiró los dedos de los pies sobre el suelo frío. Destensó todos los músculos del cuerpo e intentó olvidar la agitación de todo lo pasado. Pero China se revolvía en la cama entre ronquidos, como si estuviese teniendo una pesadilla. Ella se levantó y puso sus manos sobre los hombros de él y él se tranquilizó y se estuvo quieto. Ella volvió al sillón y se dejó caer. Poco a poco, fue deslizándose por el sillón hasta quedar medio acostada. Y se durmió.

Y la noche pasó rápidamente para los dormidos. Y la luz del Sol entró por la ventana. China se despertó primero y vio a Alice acurrucada en el sillón negro. Al principio no la reconoció. Pero pronto recordó todo lo que había pasado en El Angelito y, en un instante, le entró un dolor de cabeza de tres pares de narices. Estaba inmovilizado de cintura para arriba, sólo podía mover el cuello. Exploró con la mirada el cuarto. Vio la rosa sobre la mesilla y se preguntó qué libro sería aquel que estaba debajo de la flor. Vio los zapatos de Alice en el suelo. Y volvió a mirarla a ella. Fijándose, esta vez, en todos los detalles. Llevaba una pequeña rebeca de lana verde, con la que trataba de cubrirse, y una falda blanca con motivos florales algo hippies y pasados de moda. El cabello dorado le tapaba la cara. Sus piernas eran delgadas y pálidas; y sus pies, pequeños. Tenía los dedos estrujados contra el cuero negro del sillón. Estuvo contemplándola durante más de una hora, ella seguía dormida, no se movía, su respiración apenas se notaba con la vista, hasta que se movió suavemente y abrió los ojos.

—Buenos días —dijo China sonriendo.
—Hola... —contestó Alice algo sorprendida, llevándose la mano a los ojos—. Perdona que me haya quedado dormida.
—No hay nada que perdonar. Me alegro de que estés aquí... Mi nombre es China Monaghan, te saludaría de mejor manera si pudiera... —los dos se rieron.
—Yo me llamo Alice, Alice Coen.
—Bonito nombre.
—Gracias, el tuyo también es muy bonito.
—¿Estás segura? De pequeño se reían de mí en la escuela —sonrió China.
—Me gusta mucho. Es diferente.
—¿Y eso te gusta?
—Claro.

Alice se levantó y corrió las cortinas. La luz inundó de golpe la habitación.

—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí, ¿y tú?, ¿te duele?
—No siento mucho.
—Un día precioso —advirtió ella mirando por la ventana.
—¿A qué te dedicas?
—Soy periodista.
—No nos llevamos muy bien los policías con los periodistas.
—No te creas. Los periodistas siempre dicen que hay que tener a alguien en la poli.
—Sí, claro...
—La verdad es que no me va nada bien como periodista. Mis cosas no interesan a nadie. Estoy pensando en irme de esta ciudad y dedicarme a otra cosa.
—Sería una pena... Bueno, como puedes ver, a mí tampoco es que me vaya fantásticamente bien en las calles de Los Ángeles.
—Yo quiero ayudar a la gente, ¿sabes? Pero parece que eso molesta o que es algo ridículo, pasado de moda.
—Yo quería lo mismo cuando entré en el cuerpo. Pero con el tiempo...
—¡Pero tú ayudas a la gente! Yo, en cambio, escribo para que nadie me lea. A veces hago reportajes que acaban en la papelera sin tan si quiera ser publicados. La gente sólo quiere sangre y sexo gratuitos. A veces pienso que son felices con esta mierda de mundo y no quieren que nada cambie.
—Pero no podemos dejar de ser lo que somos, aunque estemos solos. Los demás pueden irse a tomar por culo... ¿No tendrás un cigarrillo, verdad?, necesito humo.
—No, me los quitó la doctora.

En ese instante, una enorme explosión se sintió en toda la manzana. Las paredes se movieron, los vidrios estallaron, cascotes de hormigón cayeron del techo. La explosión se vio seguida por explosiones menores y por el sonido de las ametralladoras, por el silbido de las balas clavándose en el aire. Alice había salido despedida hasta el otro lado de la habitación. Se levantó dolorida, llena de heridas y contusiones superficiales.

—¡Estás bien! ¡Tenemos que salir de aquí! —gritó China— ¡Quítame estas cosas, no puedo moverme!
—¡Qué está pasando!
—¡Quítame esto! ¡Son esos malditos hondureños antiburócratas! ¡Tenemos que salir de aquí antes de que acaben con el hospital como hicieron en San Francisco!

Ella corrió hasta él, le desabrochó los amarres y le desenchufó toda la parafernalia médica.

—¡Agárrate a mí!
—¡Por la puerta!

Abrieron la puerta. Apenas se podía ver algo, el humo negro lo inundaba todo. Frente a ellos yacía tendido el cuerpo muerto de una enfermera. Al fondo del pasillo había fuego. Se oían disparos en todas las direcciones.

—¡Déjala, está muerta! ¡Sabes por dónde está la escalera de incendios!
—¡No!
—¡Tenemos que encontrar la escalera de incendios! ¡Vamos por allí!

Se abrieron paso entre el humo, los escombros y el fuego. Abrieron de una patada la puerta que daba a la escalera de incendios. Alice arrastraba a China, que no coordinaba bien sus piernas y las arrastraba por los escalones. Perdieron el equilibrio y cayeron rodando por los escalones hasta llegar al rellano. China no podía levantarse.

—¡Venga, vamos! ¡Todo está ardiendo! —le gritó ella.

China agarró la mano y el hombro de Alice y continuaron bajando por las escaleras. Pararon de golpe al ver a un terrorista vestido de negro y con una ametralladora entre las manos subir hacia ellos. Les apuntó con la ametralladora. Pero un policía que estaba más abajo disparó antes y le reventó la cabeza al tipo de la ametralladora.

—¡Están bien! ¡Venga, corran! ¡Sigan bajando por aquí!

Ellos siguieron bajando escalones, tropezando con cosas. Agarrándose a la baranda. Apoyándose en las paredes. Llegaron hasta una pesada puerta de acero y la abrieron apoyando los hombros contra ella. En la calle la lucha era encarnizada, los disparos venían de todas las direcciones y se perdían por ahí, levantando chispas, polvo y sangre. Los policías y los terroristas antiburócratas se escondían detrás de los coches ardiendo. Cargaban sus armas y rezaban para que esos no fueran sus últimos cartuchos. Alice y China siguieron, caminando a gachas rápidamente, pegados a la pared, hasta doblar la esquina.

—Aquella es mi moto. ¡Tenemos que correr!

China hizo un último esfuerzo hasta llegar a la moto y montarse tras Alice, que metió la llave, arrancó y giró el acelerador hasta el tope. Se agacharon todo lo que pudieron y se abrieron paso, esquivando los semáforos caídos, los bidones ardientes y los cuerpos muertos.

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De un empujón metieron a Andrei allí. Era una celda fría y sin ventana. Oscura. Muy oscura. Tenía una puerta de barrotes de hierro oxidado y dentro no había más que una litera y un retrete tapado con un tablón de madera. Valeri estaba acostado en la parte alta de la litera jugando con el rollo de papel higiénico, se asomó desde allí arriba para ver a su nuevo compañero.

—¿Cuántas vueltas da la vida?, ¿tú eres ruso, verdad?
—No estoy seguro —contestó Andrei—, creo que sí.
—¡Estás hablándome en ruso!, ¡en ruso de Rusia!, ¡cuántos años hacía que no oía algo tan bello!
—Gracias.
—Pero no lo hagas más... no les gusta que hablemos en idiomas raros. Es peligroso —Valeri dio un salto y se puso de pie frente a Andrei.
—Yo soy Valeri —le tendió la mano a Andrei.

Andrei agarró la mano de Valeri, pero no recordó su propio nombre y no pudo presentarse.

—¿En qué año estamos? —preguntó Andrei.
—Eres un tipo raro, sin duda. Me gustas. Estamos en el año 2027... después de Cristo, claro. Aunque eso no importa.
—Eso me dijo alguien.
—¿Cómo te llamas?
—No lo recuerdo.
—Bueno, no te preocupes, eso no es tan grave. ¿Recuerdas lo que hiciste para llegar hasta aquí?
—No... ¿y tú, qué hiciste?
—Le robé las flores a María. Bueno, eso es de lo que acusan, ya sabes... La verdad es que sólo le robé una rosa. Ella me dijo que si le entregaba mi alma durante una noche, me dejaría llevarme una rosa. Y así fue. Pero entonces vinieron esos agentes y... alguien me había tendido una trampa... estoy seguro. Pero hablemos de ti: ¿de qué te acusan a ti?
—Nadie me ha dicho nada de una acusación. Sólo me han dicho que tengo que esperar aquí a que la cúpula me requiera.
—¿La cúpula? Debes de ser un criminal de primera, amigo.
—Si no te importa, ¿podrías decirme dónde estamos?
—En el nivel veintisiete de una prisión subterránea que está en Howard. Eso dicen. Cerca de D.C.
—¿D.C.?
—Washington. La capital. Será mejor que te sientes y descanses un poco.
—¿Tú eres ruso también?
—No, yo nací aquí, en los Estados Unidos, pero soy hijo de rusos. Viví en Moscú durante año y medio. En Grecia. En Chile...
—Recuerdo Moscú vagamente. Yo he estado en Moscú.
—Apuesto a que sí... Veo que llevas un anillo muy bonito, es raro que te hayan dejado pasarlo.
—¿Qué anillo?
—El anillo que llevas puesto. Es un anillo del destino. Será mejor que te libres de ese trasto. Dámelo.
—¡No!
—¿Por qué no?, ¿te dijeron que no se lo entregases a nadie?, ¿verdad?
—Sí... No, espera, eso no es lo que me dijeron. Fue una chica la que me lo dijo... me dijo que no podrían quitármelo, que sólo yo podría quitármelo... pero no recuerdo para qué querría quitármelo.
—¿Para devolver tu consciencia a tu dimensión de origen?
—Sí, eso era. Ahora empiezo a recordar.
—Pues olvídalo todo. Hay que huir de ellos.
—¿De quién?
—¡De ellos!, ¡de todas esas cosas! Ellos han venido a terminar con nosotros. Están por todas partes. Se camuflan. Se hacen pasar por psiquiatras, por abogados, por agentes de seguros. Nos tratan amablemente para que caigamos en su trampa. Lo que quieren es acabar con todos nosotros, exterminarnos. ¿No los has visto? Siempre han estado ahí, llevan décadas, siglos, milenios conviviendo con nosotros, esperando su oportunidad para imponerse.
—¿Pero de quiénes hablas?
—Son esas cosas que están ahí fuera. ¿No lo comprendes?, ¿no los ves? No somos todos iguales. Los humanos no pertenecemos a una misma especie. Hay dos especies de humanos: ellos y nosotros. Ellos están programados de principio a fin al igual que el universo, pero nosotros no. Nosotros estamos programados sólo al principio, en la base de lo que somos, pero aún tenemos la capacidad de decidir en algunos instantes de nuestra vida y cambiar nuestro final. Pero cuantos más sean ellos, menor será nuestra capacidad de decisión. Ellos están inundando todo este mundo, la energía oscura se lo quiere comer todo. ¡Todavía hay cosas que se le escapan a la energía oscura: detalles, instantes! No podemos dejar que nos los quiten.
—¿Y cómo sabes que yo no soy uno de ellos?
—Son muchos años huyendo de ellos y de su mierda...
—¡Cállate de una puta vez —gritó alguien desde la celda contigua—, gilipollas!, ¡y tú, novato, no escuches las memeces que dice es cabrón! ¡No hay salida, lo escrito, escrito está! ¡Lo que tenía que pasar ya pasó!
—¡No los escuches —susurró Valeri—, no les hagas caso, los infiltran entre nosotros para que no nos rebelemos!
—¡Que te calles de una puta vez, hijo de puta! —volvió a gritar aquella voz gorda— ¡No hablas más que de una jodida ilusión que no sirve para nada! ¡Los putos finales ya están escritos!
—¡Da igual que sea una ilusión o no —continuó Valeri en voz todavía más baja— la cuestión es que es! Sea lo que sea, una ilusión, un sueño o una pesadilla, es nuestra. Es nosotros. ¿No crees en lo que te digo, verdad?
—No lo sé. Pero quiero volver a mi casa. Estoy mareado. Mi vida no era así antes. Si me quito el anillo volveré al sofá rojo. ¿El sofá rojo?
—Dame la mano... ¡venga! —Valeri agarró la mano de Andrei.
—Si lo que te dijeron es cierto, yo no podré quitarte el anillo, ¿verdad? —Andrei miró a los ojos de Valeri.
—Mira tu mano. Tu anillo ya no está en tu dedo, te lo he quitado, y sigues aquí, conmigo, ¿verdad?
—Sí.

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Querida Veronika:

Hace ya mucho tiempo, conocí a un pastor de cabras que decía ser poeta. Lo encontré en uno de mis paseos por las afueras. Había tomado uno de esos caminos de cabras con mi Lada Niva y, efectivamente, cabras fue lo que encontré. Estaban atravesadas en el camino, así que paré y saludé a aquel cabrero que, muy amablemente, me invitó a su cabaña para tomar una taza de agua caliente. Le seguí lentamente con mi coche por un sendero que subía por las montañas y que terminaba justo a la entrada de la cabaña de madera que se escondía detrás de los troncos de los árboles centenarios. Me dijo que llevaba viviendo allí un montón de años con la única compañía de su pastor alemán, Karl, y de sus cabras, claro. Y que nunca estuvo casado, aunque sí estuvo enamorado de una joven de una aldea cercana, pero ella tuvo que marcharse a la ciudad y nunca pudieron unirse. Aún hoy, recuerdo a aquel señor como una de las personas más interesantes con las que me he topado en mis paseos por las afueras. Me contó cientos de historias de aventuras fantásticas al calor del fuego de la leña húmeda —algo increíble en un hombre que, según sus propias palabras, nunca había salido de aquel valle—. Historias de monstruos, musas, guerras y paces en países legendarios y mares profundos. Todavía recuerdo vívidamente alguna de aquellas historias. Y recuerdo exactamente algunas de sus palabras, como aquellas que dijo al final y creí entender al principio:

He aquí la ley, como Zeus la ha
prescrito para los hombres;
que los peces, las fieras, y las aves de rapiña
se devoren entre sí, puesto que no existe la idea
de "justicia" entre ellos;
pero a los hombres, él entregó la justicia, que al final
resultó ser la mejor de las cosas
que estos tienen.


Salí de la cabaña pensando en aquellas palabras. Me subí al Lada y arranqué el motor. «Sí —supuse—, claro que sí, antes nos matábamos unos a los otros, ahora... tenemos la civilización». Pisé el acelerador y enfilé el tortuoso sendero en dirección descendente, de vuelta a la llanura. Avancé poco más de veinte metros y, al tomar la primera curva, choqué contra algo que lanzó un chillido punzante. Pisé el freno hasta el fondo, me detuve y bajé rápidamente del coche. Me acerqué a la parte delantera, me agaché y vi cómo aquel lobo moribundo me miraba a los ojos desde allí abajo, tendido de costado. No parpadeaba, sólo me miraba a los ojos fijamente. Su respiración se aceleró súbitamente, se entrecortó y se detuvo. Había muerto, pero sus ojos seguían clavados en los míos. Oí los pasos del pastor, que corría hacia donde yo estaba. «¡Hoy estoy de suerte! —me gritó mientras me ponía las manos encima por primera vez—, esa bestia se había comido tres de mis pequeñas». Entonces dijo que él se encargaría del cuerpo, que no me preocupase, y yo volví a subir al coche y seguir mi camino. Pobre lobo, no podía centrar mis sentidos en la conducción, no podía dejar de sentirme mal por él, de sentirme culpable: acusado por su mirada. Aquel animal era una bestia, una bestia que no conocía la justicia. ¿Una bestia injusta?

Y hasta aquí hemos llegado los humanos, Veronika. Al principio, sencillamente, nos matábamos. Después, descubrimos la tortura. Y, para torturarnos mejor, desarrollamos sistemas de inmovilización: amarres, jaulas, celdas. La sujeción nos permitió torturarnos mutuamente de forma más satisfactoria y la retención, aplazar la tortura hasta el momento más oportuno. Sin embargo, en un ataque de humanidad, descubrimos algo de forma incomprensible, casi milagrosa. No sé cómo ni dónde sucedió. Me imagino que tuvo que ser obra de algún verdugo vago y gordo que comía carne de jabalí a la luz de la Luna con su preso metido en una jaula de bambú. El preso gritaba y lloraba. ¿Por qué torturarlo?, ¿por qué matarlo?, se preguntaba el verdugo. Lo más humano e inteligente es compartir la carne de jabalí con él, alimentarlo bien a él y a su sufrimiento, a su tortura infinita. Y así fue como la retención se convirtió en una forma de tortura en sí misma y se crearon las prisiones. Muchas prisiones y muchos presos olvidados tuvo que haber hasta llegar a las primeras cárceles que conocemos, que datan del Imperio Medio del Antiguo Egipto (2025-1800 a.C.). Mucho antes que las de Persia y Mesopotamia, la Antigua Grecia, Israel y Roma. Los faraones, ya por entonces, estaban convencidos de que el equilibrio del universo dependía de un orden. Así era como ellos interpretaban la reacción milagrosa y misteriosa del verdugo vago y gordo que comía carne de jabalí en tiempos tan lejanos que resultan oscuros como una noche sin fin. Pensaban, acertadamente, que aquella lógica del castigo, del ojo por ojo, de la acción y reacción, debía de provenir de las propias estrellas, del propio origen de todo. Aprendieron otras muchas cosas de aquel verdugo milagroso, como el preferir las prisiones y torturas prolongadas a la simples y rápidas penas de muerte. No se puede sufrir sin tiempo —pensaban ellos—, hay que tener tiempo suficiente para sufrir.

José el hebreo fue preso de los faraones, uno de los primeros presos conocidos. Estuvo confinado en la Gran Prisión de Tebas de Egipto —hoy Luxor— (Génesis 39:20-40:5) y, la verdad, no me importa si acabó bien o mal allí. Sólo puedo decirte, cariño mío, que se han hecho muchos avances desde su época hasta la nuestra. Y, por suerte, yo he ido a caer encerrado en uno de los países más avanzados y civilizados de este planeta: los Estados Unidos de América. Aquí todavía queda algo de amor y compasión: utilizan inyecciones letales y sillas eléctricas. No emplean un sistema cruel y maligno como el que utilizan en nuestro país hoy en día, donde incluso llegan a poner televisores en las celdas de los indefensos reclusos. Gracias a Dios doy por haber caído en manos de la justicia en esta santa tierra.

Un beso infinito

Valeriy

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—Harry, ¿no entiendes que no podemos usar explosivos? Aunque sean de muy poca potencia, existe un riesgo muy alto de que todo se desplome y lo aplaste.
—¿Y qué?, también existe un riesgo muy alto de que muera ahí abajo en unas horas. Si no está muerto ya.
—¿No lo entiendes? Esa persona ha llegado ahí de alguna forma, tenemos que averiguar cómo ha llegado. Y si no lo averiguamos, la única forma de llegar hasta él es cavar un túnel horizontal con una perforadora.
—¿Una perforadora?, ¿estás loco, sabes cuánto le puede costar eso a Washington? Nunca lo aprobarán. Mira, Nick, ese tío tiene pinta de ser un inmigrante raro. No es de aquí. Yo creo que lo mejor es tapar el agujero y dejarlo ahí. Point Dumé es un símbolo de Malibú, no podemos estropearlo por culpa de un idiota.
—No permitiré que hagas eso. Sabes que la cúpula quiere al sujeto en Washington cuanto antes, tiene prioridad urgente.
—Las estupideces se pagan, Nick. ¡Que se joda ahí abajo!
—Pero Harry: ¿y si no fuese un inmigrante raro, sino un actor de fuera que ha venido a rodar algo?, ¿sabes la que te puede caer encima si lo entierras?, esto ya no lo podemos mantener en secreto. Estamos en LA, no en Washington. Nosotros no sabemos quién es, sólo el jefe lo sabe. Y él lo quiere vivo.
—No creo que le den tanta importancia. Y la prensa está ocupada con el Comeojos.
—¿De qué Comeojos me hablas?, ¿Vincent Fagerholm?
—Sí, el tipo que tuvimos en Nevada.
—¿Y no podemos hacer nada para quitarlo de en medio?
—No, no. El Pentágono está bastante satisfecho con su labor.
—El acuerdo de los tomates maduros... —Nick encendió un cigarrillo.
—Yo quería acabar con esto rápidamente, Nick —Harry extrajo un chicle de su envoltorio y se lo echó a la boca—. Pero si te empeñas y los de LA ponen la perforadora. Perforaremos.
—Estos capullos harán lo que les digamos. Somos la CIA, tío.
—Pues llama tú a la alcaldesa, no soporto a esa negra.
—Está bien.

Ya iba a amanecer cuando China y Tony aparcaron sus coches frente a El Angelito, el local de moda entre los surferos de Malibú. Un blues luminoso y lento, muy lento, inundaba, junto con unas luces azules desenfocadas, el ambiente sombrío del local. No había nadie sentado en los sofás azules ni en la barra. Y sólo una camarera recogía las copas que habían quedado atrás. Los dos policías se acercaron a la barra y se sentaron. La chica que recogía las copas se acercó a ellos, dejó las copas en algún lugar bajo la barra y se dirigió a los dos hombres mientras se secaba las manos con un paño de cocina.

—Hola, buenas noches. ¿Qué desean?
—Buenos días. ¿Está abierto, no? —contestó Tony.
—Sí, claro. El Angelito siempre está abierto.
—Dos jarras de cerveza.
—¿No estarán de servicio? —dijo sonriendo la joven.
—No, claro que no —respondió China con seriedad.
—Pero, aunque estuviésemos de servicio —intervino Tony—, ¿nada pasaría porque nos tomásemos unas cervecitas, verdad?
—Claro que no —volvió a sonreír la chica mientras servía las cervezas.
—¿Sabes, nena? —dijo Tony—, venimos de una redada en Chinatown —China se llevó la mano a la cara para ocultar su embarazo— y necesitamos recuperarnos.
—Una noche dura...
—Sí, se han cargado a dos compañeros. Entre ellos a Bill, ¿sabes quién era Bill?
—No, la verdad.
—¡Bill era el más grande de todos nosotros! ¡Un tipo con unos huevos así...!
—Qué pena...
—Un jodido chino de esos lo ha descuartizado con una Mini Gun. Una M134, ¿sabes lo que hace una cosas de esas? Esas mierdas disparan seis mil pepinos por minuto. Los AH-1G "Cobra" montaban mierdas de esas en 'Nam. Y los A/C 47 y 119 también, ¿verdad, China? —Tony le dio un codazo—. Nuestros padres y abuelos salvaron al mundo en Vietnam con esas cosas y ahora han venido esos cabrones y nos han invadido con nuestras propias armas.
—¿Se llama usted China o es que le llaman así? —pregunto ella con su eterna sonrisa.
—¿Y a usted qué coño le importa? —respondió China.
—¡Pero China!, trata con más respeto a la señorita. Mira que fresquita esta la cerveza que nos ha puesto.
—No le haga caso —dijo Tony a la camarera—. Casi lo matan esta noche. Primero ha sido uno de esos karatekas, ¿sabe?, esos pringados que pueblan esos mercados de Dios y se creen que dando grititos pueden cargarse a un policía de Los Ángeles. Y, después, se ha visto atrapado entre un par de gilipollas con UZIs, pero yo estaba allí para cubrirle la espalda. ¿Sabes, nena? Ellos no conocen el tamaño de nuestros huevos. Todo lo que hay en esta ciudad se lo debemos a los policías de LA que, como mi colega y yo, velamos día y noche por la seguridad de los ciudadanos. ¡Nada de esto existiría si no fuera por nosotros!, ¡te enteras, nena! —ella ya empezaba a mostrarse extrañada—. ¡Y por eso, porque nosotros somos los putos salvadores del bien y del maaal, necesitamos el amor de nuestras mujeres! Las mujeres de Los Ángeles. ¡Las mujeres de Los Ángeles tienen que ser todas nuestras! ¿Entiende? ¡Para poder seguir con nuestra misión y concluirla con éxito, erradicando toda la mierda de esta puta defecación de Dios!

Justo en ese momento, una mujer joven entró por la puerta. Los dos policías se dieron la vuelta y miraron hacia ella. Se acercó hasta la barra mientras se desabrochaba la cazadora.

—Un gin-tonic, por favor.
—Sí, ahora mismo.

La mujer siguió caminando hasta uno de los sofás azules que había en una esquina. Dejó el casco sobre la mesita, la cazadora sobre el respaldo del sofá y esperó sentada a que la camarera le llevase su gin-tonic. China agarró a Tony por el brazo.

—Tranquilízate, Tony. Déjalas en paz o llamarán a la poli.
—¡Nosotros somos la poli!
—Está bien, pero tranquilízate.
—Tío, ahora tenemos una para cada uno. ¿Cuál prefieres tú? Yo me quedo con la camarera.
—Déjame en paz, Tony. ¿No puedes comportarte como un humano normal?
—Eso hago, el que no eres normal eres tú. Venga, anímate que hoy vamos a follar.
—¿Pero de qué hablas?
—¿No las ves?, ya deben estar húmedas.
—¡Cállate de una puta vez! —las dos mujeres miraron hacia los dos hombres.
—¡Escúchame, China! —Tony agarró a China por el cuello de la camisa—. ¡No podemos ir por ahí arriesgando nuestras vidas para después tener que arrastrarnos por una mujer! A partir de ahora, las tomaremos y las follaremos sin preguntar antes.

China se separó de un empujón de Tony.

—¡Déjame, jodido loco!, ¡de qué coño estás hablando, a ti nunca te ha disparado nadie, no te arriesgarías ni por tu madre!
—¡Tienes que olvidarla! —gritó Tony—, yo ya he olvidado a la puta de Cynthia. ¡Tienes que olvidar a tu mujer!, ¡era una zorra!

China le dio un puñetazo en el ojo que lo tumbó en el suelo. Las dos mujeres seguían mirando: «¡No vuelvas a llamar zorra a mi ex mujer —gritó China señalando a Tony, que todavía estaba en el suelo boca arriba—, yo todavía la quiero! ¡La quiero, sabes!»

Tony sacó su pistola y apuntó a China mientras se ponía de pie apoyando la mano libre en el suelo.

—Tony, baja esa pistola. No sabes lo que estás haciendo. Te echarán del cuerpo por esto...
—Dame tu arma, cabrón. ¡Dame tu puta arma! No te preocupes por mí, yo puedo salvar esta ciudad sin la ayuda de nadie.

China le entregó lentamente su viejo revólver a Tony y este le golpeó en la cabeza con la culata del mismo. China Monaghan calló al suelo inconsciente y Tony le dio varias patadas en el costado. Después, apuntó a las dos mujeres con las dos pistolas. Ellas se apretaron una contra la otra y dieron dos pasos hacia atrás. Él se acercó a la puerta y la cerró de una patada.

—¡Ahora, vamos a jugar!

Se bajó la cremallera del pantalón con dificultad, sin soltar la pistola que tenía en esa mano, con la otra siguió apuntándolas. Se sacó la tranca y les hizo un gesto con las pistolas para que se acercaran.

—Venid, no tengáis miedo. Ella no os va a hacer daño, sólo quiere un poco de amor.

La camarera, rápidamente, cogió el casco de moto de encima de la mesa y se lo lanzó a Tony a la cara. Tony disparó a lo loco: reventó vidrios, perforó tapicerías, agujereó paredes. La camarera dio un salto y se ocultó detrás de una columna. Y, arrastrándose, consiguió llegar hasta detrás de la barra y ocultarse allí. Tony se llevó la mano a la ceja, tenía una brecha que sangraba abundantemente. Los chorros de sangre le recorrían la cara como si fuesen riachuelos.

—¡Arghhhhh, jodida puta!, ¡dónde coño estás! —subió a la barra de un salto con su miembro todavía colgando por fuera del pantalón—, ¡sal de ahí, zorra, que te voy a enseñar lo que es amor!

Alice, que tampoco había resultado herida, se había acercado hasta la puerta lentamente, tratando de no llamar la atención del perturbado agente Irvin, que buscaba desesperadamente a la camarera. Estaba a unos cinco metros de la salida, esperando detrás de una columna el momento oportuno para correr y huir, cuando vio cómo la camarera se levantaba por la espalda del agente con un rifle entre las manos. Pero el agente se dio la vuelta a tiempo de acribillar a balazos el pecho de la joven. Las balas agitaron la camisa blanca de la chica, la elevaron por los aires durante un instante, como si quisieran arrancársela. Los botones de la camisa se clavaron en su interior, su cuerpo tragó tela blanca. La joven camarera se derrumbó y la camisa, enrojecida y rasgada ahora, dejó de moverse y volvió a pegarse a su cuerpo.

Tony se dio la vuelta y miró a Alice. «¡Nooooo! —gritó esta llorando y llevándose las manos a la boca—, ¡por favor!,¡no!».

Disparó tres veces al techo. Trozos de hormigón cayeron al suelo, levantando polvo y manchando sus zapatos y sus pantalones. Caminó hacia ella y de un manotazo la tumbó en el suelo. Se puso encima y empezó a besarla salvajemente, restregando toda la sangre de su rostro por el cuerpo de ella. La agarró del pelo y tiró de su cabeza hasta colocarla contra su pene: «¡Chupa! —le gritó—». Alice no lo hizo y él la agarró por la mandíbula. «¡Abre la boca!». Le metió el cañón de la pistola en la boca. «Te voy a matar, zorra. ¡Qué te costaba!, ¡no tenías que hacer nada que no estés acostumbrada a hacer, jodida puta!, es una pena, con esa carita que tienes...»

En ese instante, un cuchillo de cocina atravesó a Tony, que estaba de rodillas. Los dedos con los que sujetaba la pistola se estiraron y el arma cayó sobre el regazo de Alice. Su espalda se dobló hacia atrás hasta casi partirse en un impulso irresistible e irremediable. No pudo gritar de dolor, apenas pudo abrir la boca. China arrancó el cuchillo del cuerpo de su compañero y este expulsó litros de sangre por la boca y la nariz. Cayó hacia un lado pero, en un último esfuerzo antes de morir, apuntó con el revólver que tenía en la otra mano y disparó dos veces a China, que salió despedido hacia la barra. Y, en su veloz e inármonico caminar hacia atrás, perdió el equilibrio y se desplomó, llevándose consigo un par de taburetes.

El blues luminoso y lento, muy lento, volvió a escucharse sobre el silencio en El Angelito. Alice apartó la pistola de sus muslos, se movió y, avanzando a gatas, se acercó hasta China. Sostuvo entre sus brazos el tronco de aquel hombre, dio cobijo a su cabeza en su pecho y vio el pulso vivo en su cuello.

—¿Estás bien? —preguntó ella entre lágrimas a aquel hombre del que nada sabía—, me has salvado la vida.
—Creo que no es grave, pero será mejor que llames a una ambulancia. Utiliza la radio de mi coche.

Ella se levantó y apoyó con cuidado el cuerpo inmóvil de China en el suelo frío. Salió por la puerta y dijo: «Ahora vuelvo».

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Alice estaba terminando el reportaje sobre los eternos problemas políticos, económicos y sociales de Malawi y la extrema pobreza que estos provocan en los habitantes de este pequeño país africano. Escribía en el escritorio de la buhardilla de la pequeña casita que compartía con Amanda en Acacia Avenue, al lado de LAX. Llevaba varios meses preparando ese trabajo para la revista Human Revolutions y, aunque estaba satisfecha con el resultado, había cosas que no terminaban de convencerla. Iba a retocarlas cuando Amanda irrumpió en su cuarto dando saltos de alegría.

—¿Qué te pasa?, tranquilízate, ¿tienes un chorbo nuevo o qué?
—¡No, no, no!, ¡esto es importante!
—¿Ah sí?, ¿cuánto le mide?
—¡Con esto voy a hacerme famosa! Mira lo que he conseguido.

Amanda dejó caer una pila de fotos de gran tamaño sobre el teclado de Alice.

—¡Buaghhh, qué asco! —Alice apartó las fotos de un manotazo.
—Ten cuidado, ¡joder! Estas fotos valen más que esta casa.
—¿Entonces lo del Comeojos es cierto? Voy a vomitar.
—Venga, no seas niña. Esta será la noticia más importante del mes. ¡Y va a ser mía!
—¿Y por qué no lo ha confirmado la policía?
—No quieren que cunda el pánico. Ya son veinticuatro las personas atacadas por el Comeojos. Mira —Amanda cogió una foto y se la mostró a Alice—, esta es Mary Wilkinson después de ser atacada en su casa de Cerritos. El Comeojos le cortó las extremidades, le arrancó los ojos con los dedos y la violó varias veces. Y se los comió.
—¿Qué se comió?
—Los ojos... qué va a ser, tonta.
—¿Y cómo saben que se comió sus ojos?
—¡Eso es lo mejor! Dicen que después de cortarle las extremidades le arrancó el primer ojo y se lo comió obligándola a mirarle con el otro. Después la violó, le arrancó el segundo ojo y se lo comió tan cerca del oído de ella que esta pudo oír cómo lo masticaba mientras le decía lo bueno que estaba.
—Tía, esto es una locura asquerosa. ¿Cómo has conseguido esas fotos?
—¿Te acuerdas de Jimmy, el eyaculador precoz?
—Sí, claro que me acuerdo...
—Pues él...
—Te lo has tirado otra vez... dijiste que nunca más...
—Sí, ¿bueno y qué?, es mi amigo, ¿no? Siempre hay que tener a alguien en la policía ¡Estoy tan emocionada que no sé si podré escribir la noticia! Voy a llamar a Mike a la redacción, ¡esto va a ser portada!
—¿Crees que publicarán las fotos?
—¡Pues claro!
—Pero...
—¡Pero qué!
—No sé quién me da más asco, si el Comeojos o...
—¿O quién?
—Nada, nada...
—Mira, Alice. Eres una tía que da mal rollo, ¿sabes? Todo el mundo lo dice, ¿sabes? Toda esa mierda de niña melancólica y sensible que te traes. Si no cambias, la gente seguirá sin quererte, ¿te enteras?
—¿Acaso crees que a ti te quieren? Que te follen es una cosa, pero de ahí a quererte va un rato.

Amanda le dio una bofetada a Alice con todas sus fuerzas.

Tengo que hacer esto. ¡Quién coño va a pagar el puto alquiler si no!, ¡eh! ¿Quién?, ¿tú... con tus malditos reportajes de ratas moribundas? Tu mierda no le interesa a nadie, estamos en LA, nena, no en Suiza, ni en Burkina Faso.

Amanda se largó corriendo, como había venido. Alice apagó las luces y el ordenador y se quedó allí a oscuras, tirada en la cama. Mirando a los aviones despegar y aterrizar a través del ventanuco triangular. Mirando a los dígitos rojos del despertador en las sombras: 10:06:28 PM, 10:06:29 PM, 10:06:30 PM, 10:06:31 PM, 10:06:32 PM, 10:06:33 PM... Los segundos pasan despacio para los corazones solitarios —se lamentaba Alice—. ¿Cuánto tiempo desde el último beso?, ¿desde la última caricia?, ¿desde el último susurro? Ella era un alma solitaria en busca de un alma solitaria, una chica solitaria en busca de un chico solitario. ¿Una chica?, ya ni siquiera era eso. Se abrazó a la almohada y lanzó un grito desgarrador a la nada de una vida aburrida y desperdiciada. 10:06:55 PM, 10:06:56 PM, 10:06:57 PM, 10:06:58 PM, 10:06:59 PM, 10:07:00 PM. Nada iba a detenerlos. Ninguna lágrima. Ningún grito, por muy desgarrador que fuera, iba a detener a los aviones y a los dígitos rojos en la oscuridad. Y Alice lo sabía. Así que se levantó, cogió la llave de su vieja quinientos japonesa, bajó las escaleras y salió por la puerta de la cocina.

Tomó la Imperial Highway hasta llegar al mar. Aceleró a fondo por Vista del Mar, en paralelo a la playa y al mar solitarios. Sintiendo la adrenalina en sus cabellos sacudidos por el aire con pasión. Cruzó por Lincoln Boulevard para seguir recto por Pacific Avenue hasta Ocean Avenue. Llevaba varios años viviendo en Los Ángeles y casi no había salido de la ciudad en todo ese tiempo —no es que fuera algo fácil—. Atravesó por Chautauqua Boulevard hasta llegar a medio camino de West Sunset Boulevard. Recorrió varias millas por Sunset, tumbando la moto un poco más en cada nueva curva, dejando deslizar su culo con suavidad por el cuero negro. Sin miedo, con decisión y rabia. No se paró a pensar en los famosos que se ocultaban tras los muros de sus mansiones. Sólo pensaba en llegar a las montañas, a las montañas de Santa Mónica; en llegar hasta donde no hubiese más luces. Se desvió por Palisades Drive, atravesó las últimas urbanizaciones y se vio ante kilómetros de carretera oscura y revirada que se adentraba por aquellas montañas misteriosas y solitarias.

Detuvo la moto en el que creyó punto más alto de las montañas, cerca de Eagle Spring, dejando atrás el Cañón de Topanga. Se dio la vuelta, se apartó el cabello de delante de los ojos y miró a la ciudad: Mulholland Drive lejos a su izquierda, Sunset Boulevard lejos a su derecha y Beverly Hills y Hollywood lejos al frente. Tendría que recorrer muchos más kilómetros para escapar de aquel monstruo; el monstruo seguía allí, no se había ido: sesenta millas de luces, de calles interminables. Millones de personas y de historias diluidas en una mancha amarilla infinita. Seguramente, en alguno de aquellos pequeños destellos estaría el Comeojos zampándose los ojos de alguna pobre viuda. Y a nadie le importaba, ninguna luz iba a apagarse por esa mujer. Todos la estaban esperando: sin ojos.

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El agente China Monaghan no se quitaba nunca las gafas de sol. Ni siquiera al conducir de noche se las quitaba. Eran unas Ray Ban Outsiders que se había comprado, hacía ya muchísimos años, al salir de su pueblo de Dakota del Norte para ir a California. Todavía era un niño cuando compró las gafas en la gasolinera que había a la salida de Walhalla —un nombre curioso para un pueblucho de novecientos ochenta y dos habitantes en el Condado de Pembina—. Muchos años más tarde, su ya ex esposa se empeñó en decirle que aquellas gafas de sol no se llevaban, que estaban pasadas de moda, que un cambio le sentaría bien y todas esas cosas que dicen las esposas. Ella no comprendía la historia de aquellas gafas y China nunca tuvo ganas de contársela, qué iba a entender una imbécil de Santa Clara de historias y de gafas de sol.

China conducía hacia el mar por Malibú Canyon Road, viró a la derecha y tomó la Pacific Coast Highway con dirección a Malibú Riviera. Escuchaba a Roy Orbison cantar de cosas que sólo pueden pasar en los sueños, fumando un cigarrillo algo doblado, casi partido. Apoyaba el brazo en la ventanilla. Conducía con una sola mano, sin cambiar de marcha. A velocidad constante por la autopista, sintiendo la brisa del Pacífico en la cara en aquella noche sin luna.

Hay muchos paraísos en este mundo —pensaba el agente Monaghan—, muchos paraísos que nunca veré más allá de la televisión por cable. Pero ninguno como California. Hay lugares más lejanos, más bonitos, más exóticos, más interesantes, con más historia, menos delincuencia, mejor estado de conservación. Pero ninguno tan especial como California. California es el lugar donde hay que estar. En ningún otro lugar se siente lo que se siente en California. No hay nada más emocionante que cruzar el Colorado después de haber recorrido toda Arizona y encontrarse con las flores de onagra del cartel azul cielo que dice "Welcome to California". California es un sueño que todo el mundo debería soñar.

La noche estaba tranquila: ninguna estrella de Hollywood estrellada, ninguna muerte envuelta en misterio, ninguna trama novelesca. Sólo los grillos cantando a la orilla de Bluewater Road, Birdview Avenue o Cliffside Drive, y las luces tranquilas de las farolas a lo largo de la carretera. China pasó por la casa en que vivió Johnny Carson, las luces del interior estaban encendidas todavía; por la de Martin Sheen, las luces estaban apagadas. Llegó hasta el final de Bluewater y giró a la izquierda, rodeando la casa de Bob Dylan, que, al igual que Sheen, seguía misteriosamente vivo. Aparcó en algún lugar de Westward Beach Road, al borde de la playa, justo en frente del lugar en el que Charlton Heston se encuentra con la Estatua de la Libertad enterrada al final de El Planeta de los Simios.

Fue, caminando lentamente, hasta lo más alto de Point Dumé, que es el saliente de rocas que se adentra en el mar y que se ve justo detrás de la estatua en la película. Se sentó en el extremo más cercano al mar para contemplar mejor su inmensa oscuridad. Pensaba dejar pasar las horas allí hasta que amaneciese, viendo cómo las olas se hacían enormes en un último instante, intentando evitar lo inevitable.

¿Por qué el placer intenso siempre va acompañado de un dolor igual de intenso? —pensaba Monaghan—. Disfrutaba totalmente de aquel lugar, de aquel cigarrillo, de aquella brisa, de aquellas olas que rompían contra las rocas. Y de aquella noche sin luna. Pero, al mismo tiempo, sentía cómo aquella cosa que partía de la parte superior del esternón le recorría todo el cuerpo, dificultándole la respiración, tensándole los músculos del estómago, agitando sus piernas. Esa dicotomía entre la felicidad extrema del momento exacto en que el ser humano se deja diluir en sus sentidos y la angustia del saber que todo terminará, que el Sol volverá a salir y que la comisaría volverá a llenarse de gente desesperada, le hacía llorar. Llorar sin saber por qué, llorar de felicidad. Era el llanto del ego satisfecho consigo mismo, pero insatisfecho con la eternidad que le ignora.

El agente China no paraba de llorar. Las lágrimas silenciosas se habían convertido en sollozos que amenazaban con convertirse en un lamento estremecido. Se llevó las manos a la cara y suspiró. Entonces creyó oír un grito desgarrador. Contuvo la respiración y el llanto durante un momento para intentar escuchar mejor, pero ahora no oyó nada. Continuó llorando, más sosegadamente ahora que se le había escapado el clímax de la emoción. Pero el grito volvió a sobresaltarle. Esta vez estaba seguro de que había oído bien. Se puso de pie y se acercó al borde de la roca. Miró al mar a ver si era alguien que estaba en peligro en medio del oleaje. No pudo ver nada. El grito se repitió. China caminó en la dirección de donde parecía provenir. Pero tuvo que rectificar su caminar una y otra vez, a cada nuevo grito. No venía de lejos, era un grito cercano. Era un grito de hombre. Aquella persona no gritaba nada inteligible, sólo gritaba hasta desgarrarse la garganta. El agente rodeó un pequeño montículo y pudo oír mejor. Los sonidos parecían provenir de dentro de la roca. Se estaba acercando. Ahora estaba caminando sobre un área pequeña. Pero todavía no había encontrado el lugar exacto. Se puso de rodillas, apartó un poco de hierba y descubrió aquel profundo agujero.

—¡Holaaaaaaaaaaa! —gritó China Monaghan.

Los gritos del interior de la roca cesaron. No hubo ninguna respuesta al saludo del agente.

—¡Holaaaa!, ¿quién está ahí? —insistió Monaghan.
—¿Dónde estoy? —contestó Andrei en un inglés algo extraño con la poca voz que le quedaba.
—¿Cómo dice?
—¡Dónde estoy!
—¡Point Dumé!
—¡Qué país es ese!
—¡No se preocupe, vamos a ayudarle!, ¡Quién es usted!
—¡Cómo!
—¡Que cómo se llama!
—¡No lo sé!

China corrió hasta llegar al coche.

—Central, aquí Monaghan.
—¡Central, aquí Monaghan!
—Sí, aquí central.
—Hay un tres catorce en Point Dumé, Malibú. ¡Un tres catorce en Point Dumé!
—Repita, por favor.
—¡Hay una persona atrapada en las rocas! Necesita ayuda urgente. Tienen que venir los bomberos y una ambulancia. La persona debe haberse golpeado, no coordina las palabras.
—Está bien, enviamos una unidad para allá.
—¡Una unidad no!, ¡yo soy la unidad! ¡Necesitamos a los bomberos!
—Agente Monaghan, espere ahí a que lleguen los refuerzos.
—¡Qué refuerzos!

China lanzó el intercomunicador de la radio contra el salpicadero del coche y corrió de nuevo hacia lo alto de la suave colina que formaba Point Dumé.

—¡Sigue ahí! —No hubo respuesta.
—¡Oiga, sigue usted ahí!
—Sí.
—¿Qué ha pasado, cómo ha llegado hasta ahí abajo?
—¿Es esto Malibú?
—Sí. ¡Esto es Malibú!, ¿se encuentra mejor?
—Una telefonista me lo ha dicho.
—¡El qué!
—Me ha dicho que llamaba desde Malibú.

China se puso de pie y dio vueltas sobre sí mismo, nervioso.

—¡Escúcheme bien!, ¡voy a ayudarle, pero necesito saber cómo ha llegado usted hasta ese lugar!, ¡porque por este agujero no cabe una persona!
—¡Creo que vengo del pasado!
—¡Repita eso!
—¡Estoy de vacaciones y creo que me han enviado a una dimensión no concordante!

China volvió a correr hasta el coche. Al llegar vio cómo se acercaba por detrás otro coche de policía, este con las sirenas puestas. Era Tony, un viejo conocido de China que solía meterse en líos. Aparcó derrapando, haciendo chirriar los neumáticos sobre el asfalto. Se bajó del coche con la pistola desenfundada, se tiró a la carretera, dio una voltereta lateral y, con una rodilla en el suelo, apuntó a varios objetivos rápidamente.

—¡Dónde están, China!, ¡dime dónde están que me cargo a esos hijos de puta ahora mismo!
—Venga Tony, déjate de bromas —contestó China—, que esto es serio. Ese tipo está ahí metido, en medio de la roca. Debe haber una cueva o algo.
—Oye, tío, ¿por qué te metes en estos líos, por qué no dejas a la gente tranquila? Déjalos que se metan donde quieran.
—Déjate de gilipolleces.
—¿Qué es: actor o cantante?
—No lo sé. No está bien, debe haberse golpeado.
—Lo que debe llevar es un pedo de cojones.
—Tenemos que hacer algo.
—Yo no pienso meterme ahora ahí a sacar a nadie. No pienso mojarme a estas horas.
—Pues llama a los bomberos, a mí no me hacen caso.

Tony se estiró por la ventanilla hacia el interior de su coche patrulla y cogió el intercomunicador.

—Central, aquí agente Irvin.
—Central a la escucha.
—Tenemos un tres catorce en Point Dumé. Necesitamos a los bomberos ya.
—Ya va para allá una unidad de bomberos.
—Recibido —Tony cortó la comunicación y se dio la vuelta hacia China.
—¿Has visto lo que significa "autoridad"?
—Sí, claro.
—Venga, vamos a ver que le pasa a tu amigo de la roca.

Caminaban por el pequeño camino de tierra blanca que se abría paso entre la hierba salvaje que nacía de la roca.

—¿Sabes, tío, Cynthia se ha largado? —dijo Tony, más tranquilo ahora.
—Hostia, lo siento.
—Se ha ido con el tipo aquel de los aparatos.
—¿Qué tipo?
—Ese que vendía aparatos para hacer abdominales.
—Sí, ya.
—No sé qué le pasaba últimamente. Me decía cosas muy raras. Decía que quería que le hiciera un kundalaini o algo de eso.
—Sí, tío, yo sé qué es eso.
—¿Qué es?
—Cosas del karma, sexo tántrico. Orgasmos de ocho horas.
—Hostia puta.
—Mira, es ahí, en ese agujero —Tony se acercó al agujero.
—¡Oye, tronco, qué coño haces a estas horas ahí abajo, no deberías estar con mami! —Andrei no contestó.
—Tío, no seas cabrón —dijo China—. Esa persona debe estar sufriendo. Me gustaría verte a ti ahí abajo.
—Yo no soy tan gilipollas como para meterme por las putas rocas.

Escucharon las sirenas de los bomberos a lo lejos. Corrieron hasta la falda de la pequeña colina y observaron como dos bomberos bajaron de la cabina y otros dos se descolgaron de la parte trasera del camión rojo. El capitán de los bomberos se acercó a Tony.

—¿Dónde está?
—Está en la roca. Hablamos con él por un agujero de más de diez pies de profundidad y cinco o seis pulgadas de ancho. Debe haberse perdido por alguna cueva o algo.
—Eso es imposible, no hay ninguna cueva en Point Dumé.

Los seis hombres se acercaron en fila de a dos. El capitán miró por el agujero y dijo: «Vais a necesitar más que bomberos para solucionar esto. Esto es cosa del ejército. Y procurad que la prensa no se entere de esto demasiado pronto».

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Ella no contestaba al teléfono. Seguí llamándola durante un tiempo hasta que una voz automática me dijo que su número ya no existía. Le envié postales desde lugares maravillosos a pesar de que sabía que era improbable que le llegasen: no conocía su dirección. Pero también me cansé de enviar postales sin destino. Bastaba con esperar. Bastaba con que ella me llamase y me dijese: «Hola, Andrei...», para que yo dejase de hacer todas esas cosas que hacía. «Hola, Andrei... hace mucho tiempo que...». Daba igual lo que dijera, pero tenía que decir algo ya: «Hola, Andrei... hace mucho tiempo que... Te quiero». Con un no te quiero también me hubiese conformado. Aunque no niego que todavía creía en la posibilidad de un te quiero a pesar de que sabía de su imposibilidad. Estaba seguro de que ella era capaz de querer: ella quería al dinero; ella quería a la lavadora, a la nevera y al microondas; ella quería a los gatos; ella quería a las pieles suaves y a los labios sonrosados. ¿Por qué no iba a quererme a mí? Es verdad que no soy tan útil como una lavadora o una nevera, ni tan bonito, suave y cariñoso como un pequeño gatito, ni tan valioso como un buen puñado de dólares. Pero puedo ser útil en otros campos: limpio retretes con entusiasmo y hago huevos fritos de forma eficaz.

Pero el problema no estaba del todo en ella. No, no, no. El problema era Andrei. Y era un problema muy jodido: Andrei era un estúpido: ella lo quería. Siempre había sido así. Pero Andrei necesitaba que todo el amor de ella fuese sólo para él. Y ella no estaba dispuesta a ello, por eso le había dicho que llevaba seis meses saliendo con la nevera. Pero Andrei no la creyó, él sabía que ella no estaba comprometida con nadie, y menos con la nevera. Todos sospechábamos que ella tenía algo con la nevera, no era ningún secreto, pero aquello de "haber estado" con ella durante seis meses no se lo tragaba nadie. El rollo que tenían juntas era algo ocasional, algo pasajero. Ella me decía esas cosas para joderme, para espantarme sólo "un poquito". Yo sabía que la nevera era demasiado fría para ella, aquella nevera sólo contenía carne muerta: hígados, riñones y solomillos muertos, sin movimiento. Yo, por el contrario, contenía cosas como esas, pero vivas: ¡esa era mi gran ventaja, la diferencia que me daría la victoria final! Yo contenía vida, no como los demás hijos de perra.

No obstante, se me había hecho tarde para ganar. No sé qué clase de sufrimiento había enviado a Andrei a aquella cueva: la cueva del teléfono desenchufado, el café extraño y la gota de agua que se cuela por entre la roca. Pero el hecho es que Andrei estaba allí: se sentó en el taburete negro y descolgó el teléfono desenchufado y empezó a marcar números sin parar. Nadie contestó a sus llamadas. Y eso era algo sospechoso —no había ninguna duda—. ¿Por qué no contestaban a sus llamadas? No dejó que esa pregunta y su posible respuesta lo paralizaran, y continuó marcando números. Tenía suficiente café: aquella tacita no se terminaba nunca. Podría estar toda la vida marcando números de teléfono y bebiendo café. Pero aquella gota de agua que se filtraba por la roca y caía hasta el suelo estaba descentrando a Andrei de su empeño. Se estaba formando un pequeño charco y ahora la gota hacía ruido al caer, un ruido molesto y sistemático. Andrei se levantó y buscó en el techo la grieta por donde se filtraba el agua mientras pensaba en algún modo de taparla. Sin querer, miró al charco y supuso que era él quien se reflejaba en el agua. Dio dos pasos hacia atrás y se percató de que el agua no se estaba filtrando por ninguna grieta, estaba corriendo por el borde del agujero por donde entraba la luz que iluminaba aquella estancia sin salida cavada de alguna forma en la roca plateada. Era un agujero de unos veinte centímetros de diámetro, Andrei no pudo deducir su profundidad, podría tener un par de metros o más de diez metros. No conseguía mirarlo bien puesto que la luz que había al final de su recorrido era tan brillante que le impedía mirar fijamente a través de él. Decidió quitarse la ropa: la camisa, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos y los calcetines. Dejó a un lado los zapatos, hizo una bola con el resto de su vestimenta y la encajó en aquel agujero luminoso. Una oscuridad oscura se hizo en la caverna sin salida, pero, al menos, la gota dejó de caer y de incordiar. Andrei, moviendo los brazos en el vacío, buscó el taburete y la pequeña mesa donde estaba el teléfono. Agarró el taburete, se sentó en él, descolgó el teléfono y comenzó de nuevo a marcar números absolutamente casuales. Había marcado más de catorce mil quinientos trece números, girando aquella pesada y lenta rueda, cuando consiguió una respuesta de aquel aparato.

—Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles. Mi nombre es María Quintana, ¿en qué puedo servirle?
—¿Sabe usted si ella me quiere?, ¿lo sabe?
—Mire, ahora estoy ocupada. Si usted me da su e-mail, podemos mandarle toda la información necesaria para que solucione todos sus trámites vía web.
—Pero aquí no tengo Internet.
—Acérquese a nuestras oficinas centrales. Quizás pueda solucionar sus problemas allí.
—Pero yo no puedo salir de aquí. Estoy atrapado.
—¿Dónde está atrapado?
—¿No sé dónde estoy?
—Llama desde un teléfono de Malibú. Mire, no tengo tiempo para bromas.

María Quintana colgó el teléfono. Andrei dejó caer el auricular, que quedó colgando del cable, y se levantó. Desnudo en la oscuridad, dio unos pasos y tropezó con los zapatos. Los cogió y fue, guiándose por el rozar de sus dedos en la roca, hasta un extremo de la estancia. Allí se acostó, apoyó su cabeza en los zapatos y se quedó dormido en la piedra fría.

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